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November 13 Condición humanaÉsta no es una entrada divertida. No es un cuento, ni una anécdota, ni un resumen de mi día. Es una explosión. No una explosión cómica, ni una explosión entretenida. Es una explosión de verdad. De sentimientos, de mandar a la mierda el escribir con cabeza, con corazón, y escribir con las tripas. Con uñas y con dientes. El río de mi vida que dibujé en Luxemburgo era prácticamente una recta, rodeada de campos verdes y alimentado por varios afluentes y acequias. Es la verdad, no me puedo quejar. He visto ríos mucho peores, ríos que acaban desbordados, anegando los campos cercanos, ríos con interminables meandros, o que se dividen hasta no poder determinar cuál es su verdadera continuación, o ríos que simplemente terminan en una enorme cascada, en el fin del mundo del Mundodisco, cayendo el resto de sus días al interminable Universo, a la nada. También he visto ríos perfectos que se consideraban horribles, que pensaban que las estúpidas complicaciones en su desarrollo no eran comparables con ninguna otra, pero esa es otra cuestión que no viene al caso. Mi río se ve bonito, porque lo es. Pero todo río tiene sus problemas, y aquellos que piensan lo contrario, es que conocen muy poco al resto de la gente o es que simplemente son gilipollas. Todo río tiene sus complicaciones, y si te fijas con cuidado, se pueden ver a simple vista. A veces se pueden colocar diques, volverlo a encauzar, y a veces no. Hay ocasiones en que simplemente debes dejar que la Naturaleza actúe y sea ella la que decida cómo debe acabar todo. Siempre me ha gustado controlar la situación. Conocer el problema lo mejor posible y actuar en consecuencia. A veces funciona, y otras no, pero al menos se intenta. Dejar un evento en manos del destino es arriesgarse a que no salga bien, y para que no salga bien, prefiero poder decir que al menos lo he intentado. No te arrepientes igual cuando has hecho lo que has creído que era lo correcto y no ha funcionado que cuando te arrepientes de no haber actuado. Aunque tu acción haya sido un acojonante fracaso. El problema aparece cuando no tienes ningún tipo de control sobre la situación. Cuando no la has buscado, cuando no la has querido, y cuando crees que no te la merecías. Pero esto de nuevo es una chorrada. Gran parte de los problemas aparecen sin merecerlo, y aquellos que se lo merecen sufren menos porque se lo esperan. Es otra de las injusticias de la vida, pero continúo, porque este aspecto tampoco tiene sentido desarrollarlo. Entonces, cuando aparece, puedes tomar dos decisiones diferentes: cubrirlo con capas y capas de sentimientos, como una cebolla, o como una tarta que diría Asno, o exteriorizarlo, contárselo a alguien que te escuche, que te ofrezca su opinión, que simplemente te mire a los ojos mientras se lo trasmites. Y es en este momento donde te das cuenta qué tipo de persona has sido en la vida. Si de las que escuchan, o de las que hablan. Un trasmisor o un receptor. Yo siempre he sido un receptor. Me gusta escuchar a las personas, me da igual que sean mis amigos, mi familia o un borracho un sábado cualquiera en Cantarranas. Escuchar te ayuda a conocer a tu interlocutor, a ver con sus ojos y a sentir con su corazón. Y te provoca lo que ocurría a Ender, que sin querer les amas, les comprendes y por ello te cuesta mucho más odiarlos. Por su parte, hablar te ayuda a sociabilizarte, a que la gente te conozca y te acepte. A saber dar confianza a tu compañero y a mostrarte tal y como eres al resto. El problema es que eres de un grupo o de otro. Ser un personaje intermedio, de los que hablan y escuchan es prácticamente imposible, y aquellos que presumen de ello posiblemente no sean ni una cosa ni la otra. Escuchar no es oír para tratar de meter un comentario o una sensación sin pensarla siquiera, y hablar no es soltar una sarta de tonterías esperando que el oyente continúe con tu estúpido discurso. Yo pertenezco al grupo de receptores, de no saber hablar con soltura pero saber escuchar. Tiene varios inconvenientes, puesto que es difícil que el resto te conozcan con la misma facilidad que a los miembros del otro grupo, y sueles ceder el peso de las conversaciones a aquellos más curtidos en expresarse. Sin embargo, la tara más terrible es que cuando necesitas hablar, no sabes cómo hacerlo, ni con quién. Y entonces recurres a tu amigo de la infancia, con el que apenas hablas una vez cada dos meses, pero que siempre ha estado ahí, y del que deseas que siga estando, hasta el fin de los días. O a una amiga nueva, a la que conociste apenas hace un año pero que es como de toda la vida, con la que has compartido tanto, con tanta intensidad, una persona que te hace sentir bien simplemente estando ahí, a tu lado, aunque no haya nada que decir. Y te abres, torpemente al principio, porque no estás acostumbrado, pero ganando soltura, hasta que lo sacas todo, o, al menos, lo fundamental. Y te sientes mal, enfadado, aunque no sabes contra quién dirigir tu ira exactamente. Contra ti mismo, en primera estancia. Es lo más fácil, puesto que sabes como atacarte. Pero es inútil, porque eres consciente de que el problema no ha sido algo premeditado, algo que se haya estado gestando durante un tiempo, sino que ha aparecido de repente, como en las películas basura de los miércoles por la tarde. Te niegas a aceptarlo, pero sabes que es así, y no hay vuelta de hoja. Luego piensas que la culpa la tienen los demás, que el río se ha desbordado por las lluvias, por los granjeros que no han hecho una buena presa, por las montañas que se han modulado a su antojo sin consultarte. Porque absolutamente nadie ha hecho nada al respecto para solucionarlo, y ahora es demasiado tarde. Pero si enfadarte contigo mismo no tenía sentido, hacerlo con el resto es una idiotez absoluta, puesto que si los granjeros no pisan las tierras que tú riegas, las lluvias descargan con la misma intensidad desde hace años, y las montañas ya estaban ahí antes de que tú llegaras, el mosquearse con cualquiera de estos elementos es tratar de evadirse del problema y cargarlo sobre inocentes. Entonces llegas a la conclusión de que es la vida la mejor candidata a la que atribuir la situación. Porque hay cosas que se pueden evitar, y otras no, y esto se aprende a base de leñazos contra el suelo, como a montar en bicicleta. Hay gente que tarda una semana en aprender a ir sin ruedas supletorias, y otros meses, pero todo el mundo aprende, y el que no lo hace es porque jamás ha tenido una bici o porque jamás ha decidido quitarse los patines. Una vez resuelto el tema de la culpa, que tampoco es que ayude mucho a aliviar el peso sobre los hombros, llega el momento de tomar una decisión. Le das vueltas y más vueltas, durante días, semanas, para tomar la correcta. Otra tontería, ya que no hay correcta. Hay buenas, malas y fatales, pero no correctas e incorrectas. La vida no venía con libro de texto, no es un exámen tipo test, la vida es una puta ruleta rusa, en la que tratas de disfrutar de lo que te rodea cuando les toca a los demás, pero que al llegarte el turno, te cagas de miedo. Por suerte, la mayoría de las veces tomar una mala decisión no implica recibir un balazo en la sien. Y yo tomé la decisión de soltar la gallina de los huevos de oro, de dejarla en el campo, libre, deseando con todas mis fuerzas que supiera cómo cuidarse, como vivir en territorio salvaje, sin el calor del corral, sin baldas con paja para dormir ni grano para alimentarse cada día. Como había estado, de cualquier forma, antes de acabar a mi lado. Esa gallina, que me había hecho rico, que me había sacado de la pobreza más absoluta, que había llenado de dicha mi alma y corazón, contaría siempre con un amor de quien ha crecido soñando algo así. Pero sabes que es lo mejor. Un día de repente te das cuenta de que el oro no lo es todo, que no quieres más, y que no quieres retener egoístamente un don que puede hacer tanto bien a otros que sepan apreciarlo como se merece. No entiendes muy bien como ha ocurrido, como alguien se puede cansar de la riqueza, como alguien puede despreciar Jauja, como alguien puede rechazar un amor tan puro y fuerte, pero ocurre, y encima no puedes hacer nada. ¿Y todo por qué? Por un sueño, por un boleto de Euromillones de columna simple, por el lanzamiento de una flecha tuerto y a la pata coja. Por una posibilidad entre diez millones. Por nada, por un sentimiento tan absurdo que vuelve a provocarte repulsión hacia ti mismo. Y ocurre lo que tenía que ocurrir. Que se demuestra que no estás preparado para ir sólo con dos ruedas. Que te estampanas de nuevo contra el cemento. Que te abres las rodillas, que manchas los pantalones del domingo de sangre, que te escuece como mil demonios. Pero no es sólo eso. Al fin y al cabo, esto ya lo sabías. No puedes romper tres jarrones con el balón y luego pedir a tu madre que te compre una bolsa de gominolas en el kiosco. No te metes en el ejército pensando que jamás empuñarás un fusil contra alguien. Sabes lo que has hecho, y conocías las consecuencias. Hay que apechugar con lo que has hecho, y joderte por haber sido tan capullo. Lo que realmente te hace volverte loco de tanto darlo vueltas, es pensar por qué demonios lo has hecho, cual ha sido el desencadenante de la reacción, y no tienes ni puta idea, la verdad. Quizás sea sólo locura, enajenación transitoria, pero muy dentro de mí, allá en el fondo, en las primeras capas de la cebolla, noto que algo se agita, se mueve. Crece. Comments (4)
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