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    November 09

    Decisiones (2ª parte)

         La puerta de la oficina estaba cerrada, así que de nuevo era el primero en llegar. Hizo girar la llave y el sonido de las bisagras lo hizo sonreír. Desde el día que ingresó en aquel trabajo, hace ya tantos años, se habían probado mil y una formas de quitar aquel molesto ruido, pero no había habido manera de eliminarlo. Él mismo había aplicado varios productos engrasantes, sin resultado. Como si el ruido hubiese decidido formar parte de la familia, y ahora cada vez que se abría la puerta, nadie se percataba del molesto chirrido que de ella se desprendía, como se había llegado a ignorar a los ventiladores de los viejos equipos informáticos, o el zumbido incesante del aire acondicionado. Pero hoy lo había oído, y no lo encontró tan molesto, sino divertido, familiar, como si fuese un código secreto que sólo entendían las oxidadas bisagras y él.
         La mortecina luz que entraba por la puerta y las ventanas confería a la oficina una apariencia lúgrube, fría, con una estaticidad de muerte, pero optó por avanzar hasta el despacho del director sin encender las luces, puesto que la sensación de encontrarse dentro de una enorme máquina viviente mientras ésta dormitaba lo agradaba. Tenía la impresión de que en el momento en que pulsara un solo interruptor, la vida volvería a este espacio, y esa sensación de agobio que había sufrido tantas veces atrás se repetiría. La puerta del director estaba abierta, así que se dirigió hasta su mesa, garabateó en un folio una única frase, hizo su firma lo mejor que pudo, y colocó el papel sobre la pila de documentos que se encontraba justo enfrente al sillón de cuero negro que había adquirido el director hacía apenas dos meses. Estaba convencido de que cuando lo leyera montaría en cólera y lo haría llamar tantas veces fueran necesarias para localizarlo, así que junto a su nota, dejó su teléfono móvil, que sabía no iba a necesitar más. Al volver hacia la puerta de salida, escuchó el ruido de sus propias deportivas sobre el suelo encerado, y se esforzó por andar más sigilosamente, para no despertar a la fiera que reposaba a su alrededor. Cerró la puerta también con sumo cuidado, y al salir de nuevo a la calle, metió la llave en el buzón de su empresa. Su sustituto no tendría que hacer una copia para poder entrar.
         En la esquina opuesta a la puerta del edificio había una cabina telefónica. Debía llamar a sus padres, a su novia, a Diego, a Carlos, a Roberto,... para comentarlos sus planes, pero era demasiada gente con la que contactar, demasiadas preguntas que debería responder, demasiados intentos para hacerle cambiar de opinión. Demasiado tiempo perdido inútilmente, pues no entenderían que la decisión ya estaba tomada. Sacó una moneda del bolsillo y llamó a sus padres, que en aquellos momentos irían camino del trabajo. Cuando saltó el contestador, oyó la voz de su madre excusándose por no estar, y le pareció la voz más dulce y encantadora que había oído jamás. Tras el pitido, dejó el mismo mensaje que había escrito a su jefe minutos antes, y los pidió el favor de hacérselo llegar a todos aquellos que pudieran estar interesados. Colgó y se dirigió al garage, que se encontraba a un par de calles de distancia.
         El pequeño utilitario había pertenecido a su padre. Tenía más de veinte años y miles de kilómetros a sus espaldas. En la última revisión le advirtieron de que las ruedas estaban muy gastadas, y debía haber cambiado la batería hace un par de meses, cuando le dió el primer susto. El limpiaparabrisas derecho dejó de funcionar hace un par de semanas, mientras que el aire acondicionado lo había hecho a primeros del año anterior. Pero el coche respondía pese a todo, y estaba seguro de que podría hacer este último viaje con él. Al fin y al cabo, era sólo ida.
         Arrancó, y durante los primeros kilómetros del trayecto, en los que la ciudad dejó paso a grandes llanuras yermas, hielo sobre tierra, recordó los buenos momentos que había pasado en aquel coche, los maravillosos viajes que había hecho en él, la gente con la que había compartido su cuestionable comodidad. Las anécdotas. Como cuando su primo, que estaba aprendiendo a conducir, forzó la palanca de cambios más de la cuenta y tuvieron que llamar a la grúa para que los fuera a buscar al aparcamiento del estadio, o como cuando, estando en el monte de noche intimando con una de las amigas de su compañero de piso, bajaron sin querer el freno de mano y fueron deslizándose cuesta abajo con los gritos de ambos como banda sonora, hasta que una gruesa encina detuvo su avance. Pensaba en todo esto, y mientras conducía dejando atrás pueblos y campos, comenzó a llorar por una mezcla de alegría y añoranza.
         Descansaba cuando creía necesitarlo, y repostaba cuando su fiel vehículo así se lo requería. Mientras echaba el combustible, cerraba los ojos y olía el penetrante olor a gasolina que desprendía el surtidor, evocando los años en que era su padre quien ejercía de conductor y él sólo era un pasajero más en los asientos traseros. Siempre le había gustado este olor característico, y muchas veces insistía a su padre a parar en la siguiente gasolinera, aunque el depósito no estuviera cerca de acabarse, para poder disfrutarlo. En una ocasión, al entrar en el establecimiento para pagar, el aroma a pan recién hecho sustituyó al de la gasolina, y el cambio de registro le produjo una sensación agradable.
         Cuando las tierras de cultivo dejaron paso a las montañas, aminoró la velocidad, para poder disfrutar con el paisaje. La nieve en los riscos, las pequeñas cascadas al lado de la carretera provocadas por el lento deshielo, los empinados bosques verdes sobre el gris de la piedra. Todo era precioso. Todo brillaba con una especie de luz propia, todo estaba lleno de color y vida, como si de una película oriental se tratara. Mientras subía y bajaba los puertos, cruzando la cordillera, sus ojos se movían de un lado a otro, prácticamente sin parpadear, tratando de captar cada rincón y vista, con el fin de almacenar esa información para siempre en su mente.
         Las montañas acabaron, y volvió a aparecer la llanura ante él, y más tarde otra vez montañas. Condujo durante varios días, sin prisa, disfrutando cada segundo que permanecía al volante con los viejos recuerdos que le ofrecían aquellos lejanos paisajes, que había conocido cuando era niño. Cuando llegó al bosque prestó más atención a la carretera, y gracias a ello encontró el desvío, prácticamente oculta por hierba y matorrales debido al poco uso que se le había dado durante estos años. Avanzó siguiendo la vieja pista unos kilómetros, hasta que desapareció. Entonces continuó guiándose por sus recuerdos y por su instinto, sin saber a ciencia cierta si llevaba la dirección correcta.
         Entonces vió que se abría un claro entre los árboles y supo que había llegado. Una casa de madera ennegrecida de un solo piso se encontraba en el centro del claro, con un pequeño estanque en la parte posterior. Lo recordaba mucho más grande, pues tenía imágenes de haber incluso pescado en sus aguas, y así era, ya que una pequeña línea a varios metros de su actual ubicación informaba de hasta donde había llegado en su mejor momento. Ya no estaban los columpios, ni el pequeño garage que usaban de taller para las chapuzas, ni la cabaña para invitados. Sólo estaba la casa, y el estanque. Descendió del vehículo y se aproximó a la puerta de madera que lo aguardaba. Parecía un lugar deshabitado, tiempo atrás abandonado por sus inquilinos, pero él sabía que no era así.
         Cuando llegó, alzó el puño y golpeó delicadamente la sufrida madera tres veces. Tras unos segundos, unos pasos se acercaron a la puerta, y al abrir un rostro lo recorrió desde los pies hasta los ojos, muy lentamente. Era una mujer muy mayor, con el rostro cubierto de arrugas tan profundas que parecía que la cabeza se la hubiese encogido. Un mechón blanco de pelo lacio aparecía bajo un pañuelo negro que delimitaba su blanquecina cara, ocultando unas orejas que aparentaban ser tan grandes en proporción como su nariz. Unos labios sin color se apretaban en una boca que se presumía sin dientes, ya que la barbilla quedaba cercana a su gran nariz.
         Sus dedos, sin carne y con las articulaciones hinchadas y prácticamente sin movimiento, tamborilearon el marco de la puerta, aguardando las palabras de su visita, la cual observó a la anciana unos segundos, y dijo:
     
    - Hola.
    - Llegas tarde.-comentó la anciana. Se hizo a un lado de la puerta.
    - Lo sé.-respondió. Avanzó hasta el interior de la casa, y la mujer cerró la puerta tras de sí.
     
    FIN.

    Comments (4)

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    muy bueno hermano,sigue asi,creo que yo tambien empizo a sentir la necesidad de rememora viejos tiempos
    Nov. 17
    Picture of Anonymous
    oyecesar wrote:
    Es que los cuentos son muy buenos, ¿porque no escribes algo mas largo?. Un capitulo a la semana, por ejemplo. Así habría una espera y un debate..... Elaboralo .... a ver si puedes sacar tiempo.
    Nov. 12
    Marcoswrote:
    Eres el mejor, César. En serio. Tus comentarios son siempre la guinda del pastel. Sin ella, el texto no tiene ni la mitad del sentido. Gracias.
    Nov. 12
    oyecesarwrote:
     ¿Como que FIN? No puede ser, pero ¿quien esa anciana?, ¿porque le esperaba?, ¿que va a hacer con su vida?.
     
    La idea de cambiar de vida de golpe y tan radical, dejando a todo el mundo con la palabra en la boca me gusta.
    No he podido evitar sonreir al pensar en el jefe descubriendo la carta de despedida y su furia. Y el alivio de oir el contestador de los padres y así tener que dar menos explicaciones.
     
    Desde luego no puede acabar aqui.
     
    Nov. 11

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