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November 08 Decisiones Un día se despertó y se dió cuenta de que había tomado la decisión mientras dormía. Fue al baño con el torso descubierto y se lavó lentamente la cara, dejando que el frío agua pusiera su piel de gallina, que las gotas llegaran hasta la goma del pantalón de su pijama. Se vistió con la ropa del día anterior, acariciando cada prenda como si fuera nueva, calzándose sus degastandos deportivos al más puro estilo Cenicienta. Todo parecía diferente. La luz que entraba por la ventana era más dorada, más cálida que los días anteriores, y los distintos olores de cada habitación se entremezclaban para crear un aroma suave, nada desagradable, sino delicado y sensual, como un perfume bien elegido, como los evocadores recuerdos olfativos de tus mejores momentos de la infancia.
La descolorida cazadora vaquera lo abrazó como una manta en un día de invierno, y sintió el calor que la prenda le ofrecía sobre los riñones y los hombros. Cerró la puerta de su apartamento sin apenas ruido, y se aventuró a la dura calle, con las manos perfectamente reposadas en los ahora acogedores bolsillos de su cazadora.
A pesar del aire frío que azotaba su rostro, y del murmullo incesante de una ciudad que comienza a despertar, se mostraba feliz, pues un calor que nacía en su pecho avanzaba hasta morir en la sonrisa de sus labios, y avanzó sin perder detalle, observando la agitación de su alrededor como si fuera la última obra de Broadway. Se cruzó con el repartidor de repostería y su enorme barba blanca de Santa Claus, con la mujer ejecutiva que seguía teniendo problemas para andar con tacones tan altos, con el mendigo que se agachaba y besaba los adoquines de la calle principal cada mañana, agradeciendo haber sobrevivido una noche más a las inclemencias de dormir al raso. Vió al vendedor de cupones conversando con el kioskero, y al enorme funcionario de la limpieza que se había detenido a charlar con el hombre mayor que paseaba como cada día a su galgo entre un mar de personas y vehículos. Todos ellos con sus vidas, sus problemas, sus objetivos, sus sueños. Ojalá hubiese podido conocer a todos y cada uno de ellos, saber cómo son, qué piensan.
La cafetería lo recibió con una oleada de calor que hizo sufrir un escalofrío por toda la espalda. Vacía, como siempre, salvo por un hombre de negocios perfectamente peinado tomándose un café con leche con el periódico abierto sobre las piernas. No se acercó siquiera a la dueña para pedir, pues eran ya muchos años desayunando en el mismo sitio. Se sentó en la mesa más apartada de la barra, y en lo que doblaba pulcramente su cazadora vaquera, apareció la hermosa camarera con el café cortado, zumo de naranja y dos tostadas de aceite de oliva. Un buenos días, un qué tal, bonita sonrisa y ojos ligeramente hinchados de quien ha dormido poco por los excesos de la noche. Los sabores del desayuno eran más intensos que nunca, y se tomó unos minutos más para dar cuenta del banquete. El pan tostado se partía contra sus labios, muy suavemente, miga a miga, como si siguieran un orden, y el zumo de naranja, con sus trocitos de pulpa, dejó un regusto agradablemente ácido que se mantendría durante unos segundos, así que apoyó la lengua sobre el paladar y cerró los ojos, para concentrarse en aprovechar el placer que le ofrecía uno de sus sentidos. Una vez terminado el momento, se acercó a la barra, pagó a la dueña y la confesó sus planes. Ningún músculo del rostro de ella mostró ni siquiera un leve signo de movimiento, pero sus ojos se encontraron con los suyos y la duda apareció en ellos. Antes de que aquellos viejos ojos explicaran a las cuerdas vocales cómo formular la pregunta que gritaban, volvió a dar los buenos días y se enfrentó de nuevo al frío del exterior. Era un buen bar, acogedor y familiar, con buen trato. Descubrió que lo echaría de menos. Comments (1)
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