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October 26 Historia breve Eran tiempos difíciles. La guerra estaba durando demasiado, y la raza humana, en coalición con los elfos, había perdido numerosos territorios en los últimos meses contra los orcos y enanos, que cansados de ser la tercera fuerza en el Eje del Bien, habían optado por ser los segundos más malos de Cadelon.
Las fuerzas enemigas se estaban asentando al otro lado de la Gran Llanura, y las pequeñas poblaciones humanas que se encontraban en las cercanías habían quedado desiertas ante la desbandada general de sus gentes, que huían tierra adentro, hacia las cordilleras montañosas del norte. Realmente, huían en general, sólo que los que seleccionaban otras direcciones dejaban de correr muy pronto, debido al peso que ejercen cien flechas negras sobre el rosado cuerpo humano.
Tanto humanos como elfos estaban siendo sitiados al Norte, y sabían que de seguir así, sería tan sólo cuestión de tiempo que padecerían por el frío invierno (Gas Natural no tenía suministro tan cerca del Polo) y por las disputas internas respecto a la mejor forma de decorar el interior de las cavernas. Según los elfos, los toscos humanos no tenían "estilo".
Por eso decidieron realizar un último ataque, demoledor, que eliminara de una vez por todas la opresión que sufrían, y tratar de aniquilar en un sólo combate, a todos sus enemigos. Y a los enanos chaqueteros, también. Se realizaron levas obligatorias en todos los pueblos, y se alistaron todos aquellos capaces de sostener un arma, aunque fuese una mierda de honda. Así pues, hombres, mujeres y niños de edad avanzada, se armaron como mejor pudieron y salieron al campo de batalla, donde los elfos aguardaban. Como esta raza casi no envejecen, los viejos se iban en barco, y parece que nacen ya de metro ochenta, pues allí estaban, todos lo que eran. Habían dejado el pueblo a manos de unos chimpancés barrigudos.
El combate que se desarrolló en la Gran Llanura pasaría a los anales de la Historia, o, al menos, a los intestinales de la Historia, porque nunca se sabe. Hubo sangre, sudor y entrega, pero sobre todo mogollón de fiambres. Ambos bandos lucharon con todas sus energías, con el odio del que sabe que debe ganar, y poco a poco, la fuerza de ambos ejércitos se fue mermando, hasta que el último elfo cayó, y un puñado de orcos sudorosos avanzaba, hacha en mano, contra el hechicero humano de mayor nivel, último representante de su otrora numerosa raza. El mago, viéndose venir lo que iba a ocurrirle si no hacía algo rápido, sacó de una multitud de bolsitas que colgaban de su túnica una serie de hierbas y pedazos de animal que lanzó al aire mientras murmuraba unas palabras. La idea era lograr una bola de fuego que abrasara a sus cada vez más cercanos enemigos. La idea era lograr la victoria. Esa era la idea. El problema es que cuando vas al servicio, no se te ocurre dejar tus bolsitas mágicas a buen recaudo, y tu hijo pequeño es un niño, al fin y al cabo. Y le gusta jugar con lo que encuentra, sobre todo si son pequeñas patitas de ratón, o corteza seca de peral sabio.
El hechicero supo que algo iba mal cuando el cielo se encapotó en un abrir y cerrar de ojos. Los orcos sabían que algo iba mal en cuanto vieron que el último humano vestía una túnica de colores brillantes y no una armadura como debía ser.
En las montañas, un anciano de espesas cejas observaba el combate que abajo se desarrollaba con su nieto de seis años sentado en sus rodillas. De repente, una lluvia de fuego barrió toda la llanura, y tuvieron que taparse el rostro para evitar que la ceniza que subió inesperadamente desde la esplanada les quemara la cara. Cuando notaron que había pasado el calor, apartaron el brazo y volvieron a mirar hacia el campo de batalla. Un enorme agujero de kilómetros de diámetro reemplazaba ahora lo que hasta hace unos instantes era una llanura llena de cuerpos inertes.
Habían ganado. O, al menos, no habían perdido. Habían acabado con la vida de todos los orcos y enanos. Vale que también habían muerto todos los humanos y elfos, pero no se puede tener todo. El anciano meditó sobre su futuro más inmediato. No había comida, ni forma de conseguirla. No había armas para cazar, ni para protegerse de los animales salvajes. No había televisión ni cerveza.
El niño se giró hacia su abuelo. Intentó mirarlo a los ojos, pero con semejantes cejas sólo pudo intuirlos.
- ¿Y ahora que hacemos, abuelo?
- ...uhmm... veamos... ¿te apetece jugar una partida al parchís?
Vale, ya sé que había prometido escribir otra cosa, y que esto es una chorrada, pero es que se me ha ocurrido mientras venía hacia la oficina, y me ha hecho gracia. Bueno, por lo menos he escrito algo ¿no? Comments (1)
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