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November 27 RosanaAbre los ojos, Rosana. Ábrelos, pequeña, mira que ya nada tiembla. ¿Ves? todo está bien, ya pasó. Aparta las manos de tus orejas, escucha este silencio. Tranquila, el estruendo ha terminado. Ni el romper de los cristales, ni el crujir de la madera, ni los gritos de los vecinos,... nada. Sólo silencio. ¿A que es agradable? Lo sé, te pitan los oídos, es molesto, pero tan sólo te durará unos minutos. Ahora sal de debajo de la cama. Muy bien, así, poco a poco. Qué bien lo estás haciendo, Rosana. Uy, ten cuidado, no, no apoyes ahí la mano. Eso es. Sí, es un cachito de tu espejo, y allí otro. Apártalos con la zapatilla, vale, venga, que ya estás casi fuera. Incorpórate. No te preocupes por tu habitación. Papá lo arreglará todo. Te hará un escritorio nuevo, y un armario, para que puedas volver a meter todos esos preciosos vestidos que tienes. Claro, la blusa azul también, por supuesto. Sí, ahí está. No está rota, es sólo polvo por encima, y algún cristal. Mañana la lavará mamá y quedará como nueva. Verás como sí. No, pequeña, no llores, no, venga, sé fuerte. Contén las lágrimas. Todo está bien. ¿Dónde vas? No, por ahí no vayas, ven a la puerta. Espera... ah, el libro de cuentos. Muy bien, cógelo, pero con precaución. Es un libro muy bonito ¿verdad? A mí la historia que más me gusta es la del gato con botas, ¿y a ti?... no, la cubierta no está. Se ha quemado. Pero no importa, Rosana, porque los cuentos están todos. Simplemente ha sido la portada. Hey, no, por favor, no llores. Mira, vamos a hacer una cosa. Dile a papá cuando le veas que te dé una hoja de papel y los lápices de colores, y así podrás dibujar tú misma una portada para el libro. Cuando la pegues, serás la envidia de todos tus compañeros de clase. El libro de cuentos con una portada hecha por ti. Vaya, no hay muchos niños que tengan algo así. Muy bien, pequeña, así, sorbe un poco los mocos, que te vas a ahogar. No, no te toques la cara con las manos, que están sucias. Espera a lavarte un poco. Ahora vámonos de aquí. A la derecha, a la derecha, que por ahí no vas a poder pasar. No, al baño no puedes ir. Tendrás que lavarte más adelante. Es el techo, se ha caído. No, no trates de escalar los escombros, que te vas a caer. Rosana, vuelve, que hay cristales, y cables. Muy bien, vale, lentamente, apoya bien los pies. Eh, mira, puedes ver el cielo por el agujero que se ha creado. Qué cielo más azul y brillante ¿a que sí? Vamos a la calle para verlo mejor, que desde aquí, con tanto polvo flotando, pican los ojos. Pero por aquí, a la derecha. Te da la tos. Tranquila, que ya queda poco. No, no te toques los ojos con las manos. Aguanta sólo un minuto más. No, por la puerta de la cocina, no entres en el salón, hey, no, Rosana, por aquí... eh, sí, es Salchicha. No, no te oye. Está dormido. Quédate aquí, no te acerques, que puede ser peligroso con tantos cristales. Sí, es que está cansado. Déjalo dormir. No, no lo grites. Dentro de un rato se despertará y te perseguirá corriendo, como siempre. Y te babeará, y te morderá las zapatillas, y le dirás a mamá que se lo lleve dentro para que te deje disfrutar del jardín. Así que aprovecha ahora que está dormido, y disfruta tú del exterior, que en cuanto se anime va a ser imposible. Eso es, sshhh, venga, vamos a la cocina. Empuja, Rosana, empuja fuerte. Ya casi está. Venga, un poco más. Así, muy bien, qué chica más fortachona estás hecha. Vale, pasa por la rendija. No te enganches la camiseta con el pomo. Qué bueno hace, ¿verdad? Respira, respira este aire tan maravilloso, y mira el cielo, qué azul y qué grande, ¿te gusta? No, no mires al suelo, que está todo muy sucio y no es tan bonito como las alturas. Sólo hay trozos de muebles, ladrillos, ramas, y... restos de ropa, harapos. Cosas así. Habrá que limpiar todo, sí, pero ahora no. Mejor vamos a la parte delantera de casa, que se oyen voces. ¿Escuchas lo que dicen? Gritan tu nombre. Es mamá, Rosana, te está llamando. Venga, no hagas esperar a mamá. Corre hacia allá. Eso es, pequeña, corre, no te detengas. Allí está. Con papá. Te han visto. Qué bien, vete hacia ellos. No, el tato no está. No te preocupes, seguro que anda por aquí cerca. Igual te ha ido a buscar, porque tardabas mucho. Tranquila, no te detengas, ya aparecerá. Ahora abraza a papá y a mamá. Sí, están muy sucios, pero tú también. Os vais a tener que dar un buen baño los tres, ¿eh? Claro, los cuatro, el tato también, que seguro que está igual de lleno de polvo que vosotros. Sí, están llorando, pero no es de tristeza. No, claro que no. ¿No ves que se ríen también? Dales un beso, anda, y diles que estás bien. Dales un beso, Rosana, y diles que les quieres. Y ahora descansa. Apóyate en el hombro de papá, y duerme. No hagas caso al ruido que se acerca, ni te preocupes por los gritos de los vecinos. Todo está bien ahora. Estás con papá y mamá ¿recuerdas? Descansa, pequeña, cierra los ojos y duérmete. Buena chica. November 13 Condición humanaÉsta no es una entrada divertida. No es un cuento, ni una anécdota, ni un resumen de mi día. Es una explosión. No una explosión cómica, ni una explosión entretenida. Es una explosión de verdad. De sentimientos, de mandar a la mierda el escribir con cabeza, con corazón, y escribir con las tripas. Con uñas y con dientes. El río de mi vida que dibujé en Luxemburgo era prácticamente una recta, rodeada de campos verdes y alimentado por varios afluentes y acequias. Es la verdad, no me puedo quejar. He visto ríos mucho peores, ríos que acaban desbordados, anegando los campos cercanos, ríos con interminables meandros, o que se dividen hasta no poder determinar cuál es su verdadera continuación, o ríos que simplemente terminan en una enorme cascada, en el fin del mundo del Mundodisco, cayendo el resto de sus días al interminable Universo, a la nada. También he visto ríos perfectos que se consideraban horribles, que pensaban que las estúpidas complicaciones en su desarrollo no eran comparables con ninguna otra, pero esa es otra cuestión que no viene al caso. Mi río se ve bonito, porque lo es. Pero todo río tiene sus problemas, y aquellos que piensan lo contrario, es que conocen muy poco al resto de la gente o es que simplemente son gilipollas. Todo río tiene sus complicaciones, y si te fijas con cuidado, se pueden ver a simple vista. A veces se pueden colocar diques, volverlo a encauzar, y a veces no. Hay ocasiones en que simplemente debes dejar que la Naturaleza actúe y sea ella la que decida cómo debe acabar todo. Siempre me ha gustado controlar la situación. Conocer el problema lo mejor posible y actuar en consecuencia. A veces funciona, y otras no, pero al menos se intenta. Dejar un evento en manos del destino es arriesgarse a que no salga bien, y para que no salga bien, prefiero poder decir que al menos lo he intentado. No te arrepientes igual cuando has hecho lo que has creído que era lo correcto y no ha funcionado que cuando te arrepientes de no haber actuado. Aunque tu acción haya sido un acojonante fracaso. El problema aparece cuando no tienes ningún tipo de control sobre la situación. Cuando no la has buscado, cuando no la has querido, y cuando crees que no te la merecías. Pero esto de nuevo es una chorrada. Gran parte de los problemas aparecen sin merecerlo, y aquellos que se lo merecen sufren menos porque se lo esperan. Es otra de las injusticias de la vida, pero continúo, porque este aspecto tampoco tiene sentido desarrollarlo. Entonces, cuando aparece, puedes tomar dos decisiones diferentes: cubrirlo con capas y capas de sentimientos, como una cebolla, o como una tarta que diría Asno, o exteriorizarlo, contárselo a alguien que te escuche, que te ofrezca su opinión, que simplemente te mire a los ojos mientras se lo trasmites. Y es en este momento donde te das cuenta qué tipo de persona has sido en la vida. Si de las que escuchan, o de las que hablan. Un trasmisor o un receptor. Yo siempre he sido un receptor. Me gusta escuchar a las personas, me da igual que sean mis amigos, mi familia o un borracho un sábado cualquiera en Cantarranas. Escuchar te ayuda a conocer a tu interlocutor, a ver con sus ojos y a sentir con su corazón. Y te provoca lo que ocurría a Ender, que sin querer les amas, les comprendes y por ello te cuesta mucho más odiarlos. Por su parte, hablar te ayuda a sociabilizarte, a que la gente te conozca y te acepte. A saber dar confianza a tu compañero y a mostrarte tal y como eres al resto. El problema es que eres de un grupo o de otro. Ser un personaje intermedio, de los que hablan y escuchan es prácticamente imposible, y aquellos que presumen de ello posiblemente no sean ni una cosa ni la otra. Escuchar no es oír para tratar de meter un comentario o una sensación sin pensarla siquiera, y hablar no es soltar una sarta de tonterías esperando que el oyente continúe con tu estúpido discurso. Yo pertenezco al grupo de receptores, de no saber hablar con soltura pero saber escuchar. Tiene varios inconvenientes, puesto que es difícil que el resto te conozcan con la misma facilidad que a los miembros del otro grupo, y sueles ceder el peso de las conversaciones a aquellos más curtidos en expresarse. Sin embargo, la tara más terrible es que cuando necesitas hablar, no sabes cómo hacerlo, ni con quién. Y entonces recurres a tu amigo de la infancia, con el que apenas hablas una vez cada dos meses, pero que siempre ha estado ahí, y del que deseas que siga estando, hasta el fin de los días. O a una amiga nueva, a la que conociste apenas hace un año pero que es como de toda la vida, con la que has compartido tanto, con tanta intensidad, una persona que te hace sentir bien simplemente estando ahí, a tu lado, aunque no haya nada que decir. Y te abres, torpemente al principio, porque no estás acostumbrado, pero ganando soltura, hasta que lo sacas todo, o, al menos, lo fundamental. Y te sientes mal, enfadado, aunque no sabes contra quién dirigir tu ira exactamente. Contra ti mismo, en primera estancia. Es lo más fácil, puesto que sabes como atacarte. Pero es inútil, porque eres consciente de que el problema no ha sido algo premeditado, algo que se haya estado gestando durante un tiempo, sino que ha aparecido de repente, como en las películas basura de los miércoles por la tarde. Te niegas a aceptarlo, pero sabes que es así, y no hay vuelta de hoja. Luego piensas que la culpa la tienen los demás, que el río se ha desbordado por las lluvias, por los granjeros que no han hecho una buena presa, por las montañas que se han modulado a su antojo sin consultarte. Porque absolutamente nadie ha hecho nada al respecto para solucionarlo, y ahora es demasiado tarde. Pero si enfadarte contigo mismo no tenía sentido, hacerlo con el resto es una idiotez absoluta, puesto que si los granjeros no pisan las tierras que tú riegas, las lluvias descargan con la misma intensidad desde hace años, y las montañas ya estaban ahí antes de que tú llegaras, el mosquearse con cualquiera de estos elementos es tratar de evadirse del problema y cargarlo sobre inocentes. Entonces llegas a la conclusión de que es la vida la mejor candidata a la que atribuir la situación. Porque hay cosas que se pueden evitar, y otras no, y esto se aprende a base de leñazos contra el suelo, como a montar en bicicleta. Hay gente que tarda una semana en aprender a ir sin ruedas supletorias, y otros meses, pero todo el mundo aprende, y el que no lo hace es porque jamás ha tenido una bici o porque jamás ha decidido quitarse los patines. Una vez resuelto el tema de la culpa, que tampoco es que ayude mucho a aliviar el peso sobre los hombros, llega el momento de tomar una decisión. Le das vueltas y más vueltas, durante días, semanas, para tomar la correcta. Otra tontería, ya que no hay correcta. Hay buenas, malas y fatales, pero no correctas e incorrectas. La vida no venía con libro de texto, no es un exámen tipo test, la vida es una puta ruleta rusa, en la que tratas de disfrutar de lo que te rodea cuando les toca a los demás, pero que al llegarte el turno, te cagas de miedo. Por suerte, la mayoría de las veces tomar una mala decisión no implica recibir un balazo en la sien. Y yo tomé la decisión de soltar la gallina de los huevos de oro, de dejarla en el campo, libre, deseando con todas mis fuerzas que supiera cómo cuidarse, como vivir en territorio salvaje, sin el calor del corral, sin baldas con paja para dormir ni grano para alimentarse cada día. Como había estado, de cualquier forma, antes de acabar a mi lado. Esa gallina, que me había hecho rico, que me había sacado de la pobreza más absoluta, que había llenado de dicha mi alma y corazón, contaría siempre con un amor de quien ha crecido soñando algo así. Pero sabes que es lo mejor. Un día de repente te das cuenta de que el oro no lo es todo, que no quieres más, y que no quieres retener egoístamente un don que puede hacer tanto bien a otros que sepan apreciarlo como se merece. No entiendes muy bien como ha ocurrido, como alguien se puede cansar de la riqueza, como alguien puede despreciar Jauja, como alguien puede rechazar un amor tan puro y fuerte, pero ocurre, y encima no puedes hacer nada. ¿Y todo por qué? Por un sueño, por un boleto de Euromillones de columna simple, por el lanzamiento de una flecha tuerto y a la pata coja. Por una posibilidad entre diez millones. Por nada, por un sentimiento tan absurdo que vuelve a provocarte repulsión hacia ti mismo. Y ocurre lo que tenía que ocurrir. Que se demuestra que no estás preparado para ir sólo con dos ruedas. Que te estampanas de nuevo contra el cemento. Que te abres las rodillas, que manchas los pantalones del domingo de sangre, que te escuece como mil demonios. Pero no es sólo eso. Al fin y al cabo, esto ya lo sabías. No puedes romper tres jarrones con el balón y luego pedir a tu madre que te compre una bolsa de gominolas en el kiosco. No te metes en el ejército pensando que jamás empuñarás un fusil contra alguien. Sabes lo que has hecho, y conocías las consecuencias. Hay que apechugar con lo que has hecho, y joderte por haber sido tan capullo. Lo que realmente te hace volverte loco de tanto darlo vueltas, es pensar por qué demonios lo has hecho, cual ha sido el desencadenante de la reacción, y no tienes ni puta idea, la verdad. Quizás sea sólo locura, enajenación transitoria, pero muy dentro de mí, allá en el fondo, en las primeras capas de la cebolla, noto que algo se agita, se mueve. Crece. November 09 Decisiones (2ª parte) La puerta de la oficina estaba cerrada, así que de nuevo era el primero en llegar. Hizo girar la llave y el sonido de las bisagras lo hizo sonreír. Desde el día que ingresó en aquel trabajo, hace ya tantos años, se habían probado mil y una formas de quitar aquel molesto ruido, pero no había habido manera de eliminarlo. Él mismo había aplicado varios productos engrasantes, sin resultado. Como si el ruido hubiese decidido formar parte de la familia, y ahora cada vez que se abría la puerta, nadie se percataba del molesto chirrido que de ella se desprendía, como se había llegado a ignorar a los ventiladores de los viejos equipos informáticos, o el zumbido incesante del aire acondicionado. Pero hoy lo había oído, y no lo encontró tan molesto, sino divertido, familiar, como si fuese un código secreto que sólo entendían las oxidadas bisagras y él.
La mortecina luz que entraba por la puerta y las ventanas confería a la oficina una apariencia lúgrube, fría, con una estaticidad de muerte, pero optó por avanzar hasta el despacho del director sin encender las luces, puesto que la sensación de encontrarse dentro de una enorme máquina viviente mientras ésta dormitaba lo agradaba. Tenía la impresión de que en el momento en que pulsara un solo interruptor, la vida volvería a este espacio, y esa sensación de agobio que había sufrido tantas veces atrás se repetiría. La puerta del director estaba abierta, así que se dirigió hasta su mesa, garabateó en un folio una única frase, hizo su firma lo mejor que pudo, y colocó el papel sobre la pila de documentos que se encontraba justo enfrente al sillón de cuero negro que había adquirido el director hacía apenas dos meses. Estaba convencido de que cuando lo leyera montaría en cólera y lo haría llamar tantas veces fueran necesarias para localizarlo, así que junto a su nota, dejó su teléfono móvil, que sabía no iba a necesitar más. Al volver hacia la puerta de salida, escuchó el ruido de sus propias deportivas sobre el suelo encerado, y se esforzó por andar más sigilosamente, para no despertar a la fiera que reposaba a su alrededor. Cerró la puerta también con sumo cuidado, y al salir de nuevo a la calle, metió la llave en el buzón de su empresa. Su sustituto no tendría que hacer una copia para poder entrar.
En la esquina opuesta a la puerta del edificio había una cabina telefónica. Debía llamar a sus padres, a su novia, a Diego, a Carlos, a Roberto,... para comentarlos sus planes, pero era demasiada gente con la que contactar, demasiadas preguntas que debería responder, demasiados intentos para hacerle cambiar de opinión. Demasiado tiempo perdido inútilmente, pues no entenderían que la decisión ya estaba tomada. Sacó una moneda del bolsillo y llamó a sus padres, que en aquellos momentos irían camino del trabajo. Cuando saltó el contestador, oyó la voz de su madre excusándose por no estar, y le pareció la voz más dulce y encantadora que había oído jamás. Tras el pitido, dejó el mismo mensaje que había escrito a su jefe minutos antes, y los pidió el favor de hacérselo llegar a todos aquellos que pudieran estar interesados. Colgó y se dirigió al garage, que se encontraba a un par de calles de distancia.
El pequeño utilitario había pertenecido a su padre. Tenía más de veinte años y miles de kilómetros a sus espaldas. En la última revisión le advirtieron de que las ruedas estaban muy gastadas, y debía haber cambiado la batería hace un par de meses, cuando le dió el primer susto. El limpiaparabrisas derecho dejó de funcionar hace un par de semanas, mientras que el aire acondicionado lo había hecho a primeros del año anterior. Pero el coche respondía pese a todo, y estaba seguro de que podría hacer este último viaje con él. Al fin y al cabo, era sólo ida.
Arrancó, y durante los primeros kilómetros del trayecto, en los que la ciudad dejó paso a grandes llanuras yermas, hielo sobre tierra, recordó los buenos momentos que había pasado en aquel coche, los maravillosos viajes que había hecho en él, la gente con la que había compartido su cuestionable comodidad. Las anécdotas. Como cuando su primo, que estaba aprendiendo a conducir, forzó la palanca de cambios más de la cuenta y tuvieron que llamar a la grúa para que los fuera a buscar al aparcamiento del estadio, o como cuando, estando en el monte de noche intimando con una de las amigas de su compañero de piso, bajaron sin querer el freno de mano y fueron deslizándose cuesta abajo con los gritos de ambos como banda sonora, hasta que una gruesa encina detuvo su avance. Pensaba en todo esto, y mientras conducía dejando atrás pueblos y campos, comenzó a llorar por una mezcla de alegría y añoranza.
Descansaba cuando creía necesitarlo, y repostaba cuando su fiel vehículo así se lo requería. Mientras echaba el combustible, cerraba los ojos y olía el penetrante olor a gasolina que desprendía el surtidor, evocando los años en que era su padre quien ejercía de conductor y él sólo era un pasajero más en los asientos traseros. Siempre le había gustado este olor característico, y muchas veces insistía a su padre a parar en la siguiente gasolinera, aunque el depósito no estuviera cerca de acabarse, para poder disfrutarlo. En una ocasión, al entrar en el establecimiento para pagar, el aroma a pan recién hecho sustituyó al de la gasolina, y el cambio de registro le produjo una sensación agradable.
Cuando las tierras de cultivo dejaron paso a las montañas, aminoró la velocidad, para poder disfrutar con el paisaje. La nieve en los riscos, las pequeñas cascadas al lado de la carretera provocadas por el lento deshielo, los empinados bosques verdes sobre el gris de la piedra. Todo era precioso. Todo brillaba con una especie de luz propia, todo estaba lleno de color y vida, como si de una película oriental se tratara. Mientras subía y bajaba los puertos, cruzando la cordillera, sus ojos se movían de un lado a otro, prácticamente sin parpadear, tratando de captar cada rincón y vista, con el fin de almacenar esa información para siempre en su mente.
Las montañas acabaron, y volvió a aparecer la llanura ante él, y más tarde otra vez montañas. Condujo durante varios días, sin prisa, disfrutando cada segundo que permanecía al volante con los viejos recuerdos que le ofrecían aquellos lejanos paisajes, que había conocido cuando era niño. Cuando llegó al bosque prestó más atención a la carretera, y gracias a ello encontró el desvío, prácticamente oculta por hierba y matorrales debido al poco uso que se le había dado durante estos años. Avanzó siguiendo la vieja pista unos kilómetros, hasta que desapareció. Entonces continuó guiándose por sus recuerdos y por su instinto, sin saber a ciencia cierta si llevaba la dirección correcta.
Entonces vió que se abría un claro entre los árboles y supo que había llegado. Una casa de madera ennegrecida de un solo piso se encontraba en el centro del claro, con un pequeño estanque en la parte posterior. Lo recordaba mucho más grande, pues tenía imágenes de haber incluso pescado en sus aguas, y así era, ya que una pequeña línea a varios metros de su actual ubicación informaba de hasta donde había llegado en su mejor momento. Ya no estaban los columpios, ni el pequeño garage que usaban de taller para las chapuzas, ni la cabaña para invitados. Sólo estaba la casa, y el estanque. Descendió del vehículo y se aproximó a la puerta de madera que lo aguardaba. Parecía un lugar deshabitado, tiempo atrás abandonado por sus inquilinos, pero él sabía que no era así.
Cuando llegó, alzó el puño y golpeó delicadamente la sufrida madera tres veces. Tras unos segundos, unos pasos se acercaron a la puerta, y al abrir un rostro lo recorrió desde los pies hasta los ojos, muy lentamente. Era una mujer muy mayor, con el rostro cubierto de arrugas tan profundas que parecía que la cabeza se la hubiese encogido. Un mechón blanco de pelo lacio aparecía bajo un pañuelo negro que delimitaba su blanquecina cara, ocultando unas orejas que aparentaban ser tan grandes en proporción como su nariz. Unos labios sin color se apretaban en una boca que se presumía sin dientes, ya que la barbilla quedaba cercana a su gran nariz.
Sus dedos, sin carne y con las articulaciones hinchadas y prácticamente sin movimiento, tamborilearon el marco de la puerta, aguardando las palabras de su visita, la cual observó a la anciana unos segundos, y dijo:
- Hola.
- Llegas tarde.-comentó la anciana. Se hizo a un lado de la puerta.
- Lo sé.-respondió. Avanzó hasta el interior de la casa, y la mujer cerró la puerta tras de sí.
FIN. November 08 Decisiones Un día se despertó y se dió cuenta de que había tomado la decisión mientras dormía. Fue al baño con el torso descubierto y se lavó lentamente la cara, dejando que el frío agua pusiera su piel de gallina, que las gotas llegaran hasta la goma del pantalón de su pijama. Se vistió con la ropa del día anterior, acariciando cada prenda como si fuera nueva, calzándose sus degastandos deportivos al más puro estilo Cenicienta. Todo parecía diferente. La luz que entraba por la ventana era más dorada, más cálida que los días anteriores, y los distintos olores de cada habitación se entremezclaban para crear un aroma suave, nada desagradable, sino delicado y sensual, como un perfume bien elegido, como los evocadores recuerdos olfativos de tus mejores momentos de la infancia.
La descolorida cazadora vaquera lo abrazó como una manta en un día de invierno, y sintió el calor que la prenda le ofrecía sobre los riñones y los hombros. Cerró la puerta de su apartamento sin apenas ruido, y se aventuró a la dura calle, con las manos perfectamente reposadas en los ahora acogedores bolsillos de su cazadora.
A pesar del aire frío que azotaba su rostro, y del murmullo incesante de una ciudad que comienza a despertar, se mostraba feliz, pues un calor que nacía en su pecho avanzaba hasta morir en la sonrisa de sus labios, y avanzó sin perder detalle, observando la agitación de su alrededor como si fuera la última obra de Broadway. Se cruzó con el repartidor de repostería y su enorme barba blanca de Santa Claus, con la mujer ejecutiva que seguía teniendo problemas para andar con tacones tan altos, con el mendigo que se agachaba y besaba los adoquines de la calle principal cada mañana, agradeciendo haber sobrevivido una noche más a las inclemencias de dormir al raso. Vió al vendedor de cupones conversando con el kioskero, y al enorme funcionario de la limpieza que se había detenido a charlar con el hombre mayor que paseaba como cada día a su galgo entre un mar de personas y vehículos. Todos ellos con sus vidas, sus problemas, sus objetivos, sus sueños. Ojalá hubiese podido conocer a todos y cada uno de ellos, saber cómo son, qué piensan.
La cafetería lo recibió con una oleada de calor que hizo sufrir un escalofrío por toda la espalda. Vacía, como siempre, salvo por un hombre de negocios perfectamente peinado tomándose un café con leche con el periódico abierto sobre las piernas. No se acercó siquiera a la dueña para pedir, pues eran ya muchos años desayunando en el mismo sitio. Se sentó en la mesa más apartada de la barra, y en lo que doblaba pulcramente su cazadora vaquera, apareció la hermosa camarera con el café cortado, zumo de naranja y dos tostadas de aceite de oliva. Un buenos días, un qué tal, bonita sonrisa y ojos ligeramente hinchados de quien ha dormido poco por los excesos de la noche. Los sabores del desayuno eran más intensos que nunca, y se tomó unos minutos más para dar cuenta del banquete. El pan tostado se partía contra sus labios, muy suavemente, miga a miga, como si siguieran un orden, y el zumo de naranja, con sus trocitos de pulpa, dejó un regusto agradablemente ácido que se mantendría durante unos segundos, así que apoyó la lengua sobre el paladar y cerró los ojos, para concentrarse en aprovechar el placer que le ofrecía uno de sus sentidos. Una vez terminado el momento, se acercó a la barra, pagó a la dueña y la confesó sus planes. Ningún músculo del rostro de ella mostró ni siquiera un leve signo de movimiento, pero sus ojos se encontraron con los suyos y la duda apareció en ellos. Antes de que aquellos viejos ojos explicaran a las cuerdas vocales cómo formular la pregunta que gritaban, volvió a dar los buenos días y se enfrentó de nuevo al frío del exterior. Era un buen bar, acogedor y familiar, con buen trato. Descubrió que lo echaría de menos. October 26 Historia breve Eran tiempos difíciles. La guerra estaba durando demasiado, y la raza humana, en coalición con los elfos, había perdido numerosos territorios en los últimos meses contra los orcos y enanos, que cansados de ser la tercera fuerza en el Eje del Bien, habían optado por ser los segundos más malos de Cadelon.
Las fuerzas enemigas se estaban asentando al otro lado de la Gran Llanura, y las pequeñas poblaciones humanas que se encontraban en las cercanías habían quedado desiertas ante la desbandada general de sus gentes, que huían tierra adentro, hacia las cordilleras montañosas del norte. Realmente, huían en general, sólo que los que seleccionaban otras direcciones dejaban de correr muy pronto, debido al peso que ejercen cien flechas negras sobre el rosado cuerpo humano.
Tanto humanos como elfos estaban siendo sitiados al Norte, y sabían que de seguir así, sería tan sólo cuestión de tiempo que padecerían por el frío invierno (Gas Natural no tenía suministro tan cerca del Polo) y por las disputas internas respecto a la mejor forma de decorar el interior de las cavernas. Según los elfos, los toscos humanos no tenían "estilo".
Por eso decidieron realizar un último ataque, demoledor, que eliminara de una vez por todas la opresión que sufrían, y tratar de aniquilar en un sólo combate, a todos sus enemigos. Y a los enanos chaqueteros, también. Se realizaron levas obligatorias en todos los pueblos, y se alistaron todos aquellos capaces de sostener un arma, aunque fuese una mierda de honda. Así pues, hombres, mujeres y niños de edad avanzada, se armaron como mejor pudieron y salieron al campo de batalla, donde los elfos aguardaban. Como esta raza casi no envejecen, los viejos se iban en barco, y parece que nacen ya de metro ochenta, pues allí estaban, todos lo que eran. Habían dejado el pueblo a manos de unos chimpancés barrigudos.
El combate que se desarrolló en la Gran Llanura pasaría a los anales de la Historia, o, al menos, a los intestinales de la Historia, porque nunca se sabe. Hubo sangre, sudor y entrega, pero sobre todo mogollón de fiambres. Ambos bandos lucharon con todas sus energías, con el odio del que sabe que debe ganar, y poco a poco, la fuerza de ambos ejércitos se fue mermando, hasta que el último elfo cayó, y un puñado de orcos sudorosos avanzaba, hacha en mano, contra el hechicero humano de mayor nivel, último representante de su otrora numerosa raza. El mago, viéndose venir lo que iba a ocurrirle si no hacía algo rápido, sacó de una multitud de bolsitas que colgaban de su túnica una serie de hierbas y pedazos de animal que lanzó al aire mientras murmuraba unas palabras. La idea era lograr una bola de fuego que abrasara a sus cada vez más cercanos enemigos. La idea era lograr la victoria. Esa era la idea. El problema es que cuando vas al servicio, no se te ocurre dejar tus bolsitas mágicas a buen recaudo, y tu hijo pequeño es un niño, al fin y al cabo. Y le gusta jugar con lo que encuentra, sobre todo si son pequeñas patitas de ratón, o corteza seca de peral sabio.
El hechicero supo que algo iba mal cuando el cielo se encapotó en un abrir y cerrar de ojos. Los orcos sabían que algo iba mal en cuanto vieron que el último humano vestía una túnica de colores brillantes y no una armadura como debía ser.
En las montañas, un anciano de espesas cejas observaba el combate que abajo se desarrollaba con su nieto de seis años sentado en sus rodillas. De repente, una lluvia de fuego barrió toda la llanura, y tuvieron que taparse el rostro para evitar que la ceniza que subió inesperadamente desde la esplanada les quemara la cara. Cuando notaron que había pasado el calor, apartaron el brazo y volvieron a mirar hacia el campo de batalla. Un enorme agujero de kilómetros de diámetro reemplazaba ahora lo que hasta hace unos instantes era una llanura llena de cuerpos inertes.
Habían ganado. O, al menos, no habían perdido. Habían acabado con la vida de todos los orcos y enanos. Vale que también habían muerto todos los humanos y elfos, pero no se puede tener todo. El anciano meditó sobre su futuro más inmediato. No había comida, ni forma de conseguirla. No había armas para cazar, ni para protegerse de los animales salvajes. No había televisión ni cerveza.
El niño se giró hacia su abuelo. Intentó mirarlo a los ojos, pero con semejantes cejas sólo pudo intuirlos.
- ¿Y ahora que hacemos, abuelo?
- ...uhmm... veamos... ¿te apetece jugar una partida al parchís?
Vale, ya sé que había prometido escribir otra cosa, y que esto es una chorrada, pero es que se me ha ocurrido mientras venía hacia la oficina, y me ha hecho gracia. Bueno, por lo menos he escrito algo ¿no? October 22 Las 10 diferencias Grandes diferencias entre mi actual trabajo en TeleTeruel y el anterior en EFE Televisión.
1.- En EFE Televisión era operador de cámara. En TeleTeruel soy operador de cámara, locutor, iluminador, técnico de sonido, realizador, técnico de continuidad, productor de spots,...
2.- Antes era el más joven, igual que ahora. Sólo que el siguiente de menor edad de mi trabajo en Valladolid tenía 33 años. En Teruel, el más mayor tiene 34.
3.- En la empresa castellana eramos demasiados para el trabajo que teníamos. En la aragonesa somos demasiado pocos.
4.- Mi área de trabajo antes era de varios cientos de kilómetros a la redonda, pues tenía que cubrir toda Castilla y León. Ahora rara vez llega a un radio de un kilómetro respecto a la oficina, puesto que cubrimos únicamente Teruel capital.
5.- De igual modo, la difusión de mi trabajo en estos momentos se reduce al núcleo urbano, y ni siquiera eso, ya que los barrios más alejados del centro no captan nuestra señal. En EFE cubría eventos para Gente, por ejemplo, que me ofrecía una cobertura mínima de toda España.
6.- A lo largo del día, en Valladolid teniamos que seleccionar, entre una multitud de noticias, dos o tres para ofrecer a Madrid, y ellos escogían de esas una o dos para que nos pusiéramos manos a la obra. En Teruel, cogemos todas las que hay, y la mayoría de los días, nos toca inventarnos alguna más para poder sacar el Informativo.
7.- Cuando estaba en EFE, la gente que entendía de medios, te saludaba. Estando en Teruel, la gente que no tiene ni zorra idea de cómo funciona este mundo, te critica.
8.- Trabajando en la agencia, el ochenta por ciento de las grabaciones eran sucesos. En la televisión, el ochenta por ciento de las grabaciones son politiqueo.
9.- Los equipos de EFE jamás me dieron ningún problema. Tenían un funcionamiento óptimo y se mantenía en perfecto estado. Los equipos de ahora están destrozados, y no ha habido día en que algún ordenador, cámara o mesa, tanto la de sonido como la de mezclas, no haya decidido llamar la atención apagándose en el peor momento, o simplemente comportándose como si estuviera poseída.
10.- La más importante de todas. Antes en EFE Televisión era rara la tarde que no me aburría como un hongo en la oficina sin nada que hacer, e incluso alguna mañana no salía ninguna convocatoria, con lo que aprovechaba para escribir en el blog y mirar el correo. En TeleTeruel hay tanto por hacer, que últimamente tengo que mirar el correo al salir de trabajar, y muchas veces ni siquiera tengo energía para picar en el icono del Internet Explorer.
Con lo que me doy cuenta que no he escrito sobre mi estancia en esta bella ciudad, desde hace ya casi ocho meses (hay que ver cómo pasa el tiempo) Pues nada, eso lo soluciono yo este fin de semana. Espero... October 08 A mí me suena así Los charros. El mundo está lleno de charros. Si es que parece que se ha puesto de moda. Cuando yo era joven, nadie lo era, y ahora, todo el mundo: que si el vecino, que si el tipo del kiosco, que si los amigos de tu hijo... ¿cómo es posible? De repente, ale, todos charros. Y encima van presumiendo de ello. Como si fuera para chulearse. No tienen vergüenza. Que yo no digo que esté mal, que no me meto en eso, pero no es normal. ¿Presumo yo de ser vallisoletano? No, pues entonces ¿a qué viene ir pavoneándose por ser charro? Si tú eres charro, y no quieres cambiar, pues vale, pero no vayas por ahí diciéndolo ¿no?
Porque es lo que hacen ahora. Los ves por la calle, en la televisión, hablando en la radio... en todas partes. Y les da igual que la gente sepa que son charros. O salmantinos. Que parece que ahora hay que llamarlos así. Toda la vida han sido charros, pero ahora, como no es "tolerante" llamarlos charros, pues ale, salmantinos. Mira, son charros, y se acabó. Llámalos como quieras, pero seguirán siendo charros.
Bueno, pues eso, que los salmantinos (charros, en definitiva) se muestran sin pudor, y yo que sé, pues vas por la calle (una calle del centro normal, no te creas que te tienes que ir a barrios pobres ni de estos que llaman "diferentes" para encontrarlos) con tu hija, y los ves, ahí, juntos, dados de la mano, como si tal cosa. O incluso besándose. ¿Tú lo ves normal, delante del resto de la gente? Vale, nosotros los respetamos, pero que nos respeten ellos a nosotros. ¿Qué le explico yo a mi hija si me pregunta? Si quieren hacer lo que quiera que hagan, pues en su casa o donde sea, y si no, que sean como los madrileños, como los vascos, como los catalanes,... ¡bueno, pues como la gente normal, leches! Si tienen la desgracia de ser salmantinos, que se acomoden al resto del mundo, o que se vayan. A donde sea, me da igual, pero lejos. Mi hijo tiene un amigo de estos, un charro, vamos. Pero el chaval es bien majo, no se comporta como un charro, ahí, delante de toda la gente. Por lo menos, delante mío parec e una persona normal. En cambio, otros no, hay muchísimos por ahí que se ve a la legua que son charros, y aún así les da igual. Yo sólo les pediría que intentaran comprendernos, a los padres de familia como yo, que tenemos unos hijos que educar.
Pero sé que esto es una batalla perdida. El Gobierno ahora se ha hecho "progre" y los trata como si fueran ciudadanos normales. Que si los dejan casarse, que si pueden adoptar hijos... ¡pero que son charros! Si quieren adoptar, que sean leoneses, o zaragozanos como Dios manda. ¿Es que nadie piensa en la pobre criatura que van a educar? con esos padres charros ¿cómo esperas que vaya a salir? ¡Pues charro, obviamente! Con sus costumbres, con sus gustos... si es que este mundo se está volviendo loco. Pero si tienen hasta un Día Festivo especial para ellos. Y les ves ese día que da vergüenza ajena. Por la calle, bebiendo, bailando, cientos y cientos de charros gritando lo orgullosos que están de ser charros... para que todo el mundo los vea, y luego se crucen con ellos por la calle y digan: mira, ése es charro.
No lo entiendo. Si es que no me explico cómo hemos llegado a esto. Si es que a este paso, va a valer todo... en fin, ¡Qué Dios nos pille confesados! October 05 Qué lastima- Oye,... este espacio está muy triste ¿no?
- Sí.
- Me pone los pelos de punta. Al entrar siento frío, soledad, muerte. Permanece abandonado a su suerte. Hace meses que nadie se digna a escribir una entrada aquí, por corta que sea.
- Eso parece.
- Su dueño debe ser un individuo de lo más despreciable. El tipo de persona que no se preocupa por nada, que se cansa de todo lo que empieza y que es incapaz de mantener cierta continuidad en sus actos ¿verdad?
- No sé, me cuesta juzgar sin conocer las verdaderas razones...
- Pues a mí no. Es un espectáculo desolador. ¿Crees que seremos capaces de hacer algo al respecto?
- Ya lo estamos haciendo.
- Me refiero a que si crees que podríamos dar a este espacio la continuidad que su creador le ha negado. Si podríamos ocuparnos de mantener vivo un blog como este.
- Tengo mis dudas.
- ¿Por qué? ¿no confías en ti mismo? ¿no confías en poder mantener una empresa como esta? ¿tu voluntad es tan débil?
- No es cuestión de voluntad.
- Si nos lo proponemos, podemos hacer resurgir esto.
- No creo.
- ¡Maldita sea! ¿Por qué eres tan pesimista? ¿Por qué no crees un poquito más en ti mismo?
- A ver ¿mañana podrías dedicar una hora a este espacio, como estás haciendo hoy?
- Pues claro que sí, si me lo propo.... ah, bueno, mañana no, porque tengo que hacer la compra después de trabajar y ordenar un poco la casa.
- ¿El martes quizás?
- No, el martes imposible, porque los martes y viernes tengo esgrima y termino a las nueve y pico, y claro, a esas horas no puedo volver a la ofici...
- ¿Tal vez el miércoles?
- Hombre, este miécoles es especial, porque me toca grabación de un partido hasta las diez de la noche. Pero el próximo miércoles a lo mejor saco un rato, aunque no sé, porque depende de...
- ¿Entonces el jueves es un buen día?
- Es que verás... el jueves es el día que me reservo para hacer videoconferencia con mi novia, que está fuera, y no la veo durante toda la semana...
- Hemos llegado al fin de semana.
- El viernes ya te he dicho que tengo esgrima. Igual el fin de semana, aunque éste que viene lo veo complicado, porque voy a acercarme a Valladolid, para ver a la gente. Ha sido el cumpleaños de mi padre y de mi primo, y me gustaría ir para allá. Además, tengo unas cuantos asuntos que resolver, así que no creo que pare mucho en casa.
- Comprendo.
- Oye, pero es esta semana, que ha coincidido que la tengo bastante ocupada. Quizás la siguiente saque algo más de tiempo libre.
- La semana que viene entonces te preguntaré de nuevo.
- ¿Y qué pasa contigo? ¿no vas a hacer el esfuerzo tú? ¿tengo que ser yo el único que saque un rato para dedicarlo a este blog?
- ¿Quieres que te confiese algo?
- ¿Qué?
- Yo no existo. Soy tú.
- ¿Cómo?
- Buenas noches. March 06 Creando mundos Dicen que cada vez que tomas una decisión, se forma una línea temporal paralela por cada una de las opciones que has descartado, creando una extensa red de mundos divergentes.
Suena el despertador. ¿Me levanto o me quedo tumbado los cinco minutos de rigor? ¿Me visto antes o después de desayunar? ¿Calcetines blancos o negros? ¿Agua fría o caliente para lavarme? ¿Leche o café? ¿Entera o semidesnatada? ¿Sola o con azúcar? ¿Una o dos cucharadas? ¿En taza, tazón o bol de cereales? ¿Galletas, muesli, copos de maíz o arroz inflado? ¿Meto los cacharros en el lavavajillas o espero a la comida? ¿Esto que se me está ocurriendo es una idea para el blog o una simple falta de sueño? ¿Llevo a cabo mi idea o duermo un rato más? ¿Enciendo ahora mismo el ordenador y me pongo a escribir o hago primero la cama? ¿El portátil o la torre? ¿Sesión como Marcos o como Guest? ¿Directamente en internet o asegurando en Microsoft Word? ¿Internet Explorer o Mozilla Firefox? ¿Acceso desde Favoritos o desde Google? ¿Permito recordar mi contraseña para la próxima vez o no? ¿Pienso antes el título o comienzo con el texto? ¿Comienzo las preguntas con mayúsculas o con minúsculas? ¿Ahora copio y pego el breve relato en Word o lo guardo directamente en el blog? ¿Explico a alguien a qué viene esta estupidez o lo dejo en los comentarios? ¿Pincho en Guardar? March 04 Podría ser un chisteCrunch, crunch
- Hola.
- Hola, ¿qué tal?
- Bien. Oye, ¿qué estás haciendo?
- Intento abrir a cabezazos un agujero en este muro para pasar al otro lado.
- ¿Y no te haces daño?
- Sí, bueno, pero es que tengo que llegar al lado opuesto.
- ¿No hay otra forma? No sé, ¿has intentado rodearlo?
- Sí, pero no hay manera. Es demasiado extenso para rodearlo, y demasiado alto para saltarlo. He intentado escalarlo, pero su superficie es tan lisa y resbaladiza que no puedo asegurar mis pies. He buscado una puerta, o una ventana, pero no he visto ninguna en kilómetros a la redonda. Y el suelo es tan firme que no hay manera de hacer una pequeña excavación y pasar bajo tierra.
- Comprendo.
- Pero no estoy solo. He visto gente que ha venido y lo ha intentado de mil formas distintas. Algunas se fueron agotadas, derrotadas, cabizbajas tras su fracaso, pero otras han seguido intentándolo por su cuenta hasta que lo han conseguido. Yo no me voy a dar por vencido.
- Eso es muy honroso por tu parte. ¿Y cómo consiguieron tus compañeros pasar al otro lado?
- No lo sé. Marcharon siguiendo el lateral del muro hace tiempo. Ahora oigo voces tras esta barrera.
- ¿Pero estás seguro que son ellos? ¿No podría ser otra gente que ya estuviera dentro, o que hayan llegado del lado opuesto y estén intentando acceder a donde en estos momentos nos encontramos nosotros?
- Eso es estúpido ¿Y que iba a querer nadie de este lado? ¿Qué hay aquí que les pueda interesar?
- Bueno, ¿y qué hay ahí dentro para que tengas tanto interés en pasar?
- No lo sé, pero espero sinceramente que haya una farmacia. Me duele la cabeza de golpear la pared. December 03 Por la mañanaEs mediodía y acabo de salir del Centro de Idiomas. Hoy, al contrario que otros días, las dos horas se me han pasado volando. La primera vez que he consultado el reloj eran las once y media, y no las diez y veinte como suele ocurrir. Ha habido menos alumnos que de costumbre en el aula y el ritmo se ha visto incrementado, tanto a la hora de realizar las actividades propuestas por la profesora como a la hora de corregir los ejercicios. He participado de forma activa en la clase, y me he dado cuenta con agrado que comienzo a formular frases sencillas en francés de manera ágil y sin demasiados problemas. Hace un par de semanas, ni siquiera imaginaba lograrlo a final de curso. Me detengo en un paso de cebra para despedirme con un au revoir y una sonrisa de mi compañera de pupitre. Por primera vez este año, he conseguido que me entienda y a la vez comprenderla yo a ella. Hemos hablado sobre el trabajo en Luxemburgo, me ha explicado los distintos idiomas que existen en Montenegro y hemos intercambiado impresiones sobre el periodo navideño. Doce frases que han requerido diez minutos de nuestro trayecto. Y sin embargo, ha sido la conversación que más alegría me ha producido de todo este año. Avanzo deprisa con las manos en los bolsillos. Sopla un aire helado y mi nariz comienza a enrojecerse. Me subo hasta arriba la cremallera del abrigo, me tapo completamente las orejas con el gorro y escondo el mentón bajo la braga. Casi al momento, comienzo a sentir un calor que me abraza todo el cuerpo y que dibuja una sonrisa en mis labios ocultos. El sol aparece en un claro y me hace entrecerrar los ojos. No parece que vaya a llover y el viento ha aminorado su velocidad. Es un buen día para echar un ping-pong con Billy o Adrien. No creo que tenga que insistirles mucho, ya que ambos tienen tantas ganas de jugar como yo. Comeré deprisa y les ofreceré un partido antes de entrar en la oficina. Y es que hoy tengo que trabajar duro. El montaje del Circus & CO está prácticamente acabado. Tras casi dos meses, veo el final del proyecto. Toda la información que tenía en las doce cintas de video ha ido tomando forma día tras día. Ahora el resultado espera paciente los últimos retoques, que realizaré con la ilusión de ver el trabajo hecho y con la calma de terminar de forma digna, como el pastelero que coloca al novio y a la novia sobre su mejor tarta de bodas. Caminando hacia mi destino, me doy cuenta de que estoy ansioso por llegar al albergue y comenzar a trabajar. Me encanta lo que hago. Prácticamente he echado de menos mi puesto durante estos dos últimos días. La razón de este prácticamente ha sido que este fin de semana no ha sido un fin de semana corriente. Desde el viernes por la tarde hasta el domingo por la noche, he tenido el placer de compartir techo con un grupo fantástico. En ocasiones, es difícil encontrar a alguien que posea una personalidad fuerte, con una gran voluntad, y que al mismo tiempo sea extrovertido, agradable y se deje querer. Estos tres días he estado con quince personas que respondían a estas características. Hemos hablado de mil historias y reído con mil anécdotas. Hemos jugado hasta terminar exhaustos y bebido hasta terminar borrachos. Hemos compartido, en definitiva, más que una casa y hemos obtenido, al menos yo, más que un recuerdo para añadir a la colección. Llego a la parada de autobús. Esta tarde, si todo va bien, hablaré con mi novia. Comenzaremos pactando veinte minutos de conversación, pero estoy seguro de que al final serán cuarenta. Como cada día que toca llamada, estoy deseoso de que llegue la hora de oír su voz. La distancia que nos separa es dura de llevar, pero a estas alturas, con sólo un mes por delante para la vuelta a casa, lo más difícil ya ha pasado. Atrás quedan los momentos de bajón y los esfuerzos para evitar un mayor distanciamiento. Hoy sólo se recogen los frutos: una relación reforzada y unos sentimientos que, cuanto menos, mantienen la fuerza del comienzo. Cuando la angulosa forma del autobús aparece al final de la calle, me doy cuenta de lo que me ocurre. Me encuentro lleno por la vida que llevo y por la gente que me rodea. Estoy plenamente satisfecho como estoy. No necesito nada más. Soy verdaderamente feliz. Y como dice el pequeño Calvin, si hay algo mejor, no quiero saberlo. November 28 Aniversario Hoy se cumple un año desde que escribí en este espacio por primera vez.
Muchas cosas han cambiado desde entonces, pero hay algo que se mantiene inmutable desde el comienzo: la incertidumbre. Y es que tras todo este tiempo, mi blog sigue sin un destino claro. Ni siquiera mantiene una dirección definida. Simplemente fluye como aceite derramado, lentamente y por donde puede.
No conozco qué será de esta página en tiempos venideros, pero el no haberlo sabido tampoco en su inicio y ver como se ha mantenido (a pesar de las épocas de sequía textual) me ofrece cierto hálito de esperanza.
He estado ojeando entradas anteriores para realizar las estadísticas que muestro a continuación, y me he dado cuenta que no he cumplido. Espacios como los diálogos de películas de los viernes, o la redacción por partes de Pi desaparecieron de un día para otro sin ningún tipo de explicación. Incluso la continuación de la Vida de un Seguidor jamás fue escrita. Todos estos proyectos que no he acabado me demuestran la falta de voluntad por mi parte para cumplir con lo que me propongo, y me duele. Algunos se han perdido para siempre, pero otros se pueden rescatar. No me quiero prometer nada, pero me encuentro decidido a intentarlo. Al fin y al cabo, es sólo escribir, y eso no supone un gran esfuerzo para mí. Sólo tiempo.
Para finalizar, las estadísticas de este espacio hasta el día de hoy, sin contar la actual entrada:
Visitas totales: 7873 (21,6 por día)
Número total de entradas: 80 (1,5 a la semana)
Número total de comentarios: 183 (2,3 por cada entrada)
Mayor número de entradas en un mes: 20 (En Diciembre y en Enero)
Menor número de entradas en un mes: 0 (En Agosto de este año. Es lo que tiene viajar)
Mayor número de comentarios en un mes: 50 (En Diciembre)
Menor número de comentarios en un mes: 0 (En Agosto, por supuesto)
November 09 Mañanas de resaca I (Anexo)Las ideas siempre surgen en los lugares más insólitos. De hecho, la primera vez que me vino a la mente escribir sobre Julio estaba en una cabina de un vagón con otras siete personas, allá por tierras polacas, en uno de los tres grandes trayectos en tren que realizamos. Sin tener muy claro qué iba a contar, agarré papel y bolígrafo, y me puse a escribir. Al rato de empezar, tenía ya definido el principio y el final. Era domingo y el supermercado estaba cerrado. Un personaje que lo sabe todo y que sin embargo no se da cuenta del día en que vive. El resto de la historia estaba en el aire, pero no los dos extremos del texto. Escribo esto por dos razones fundamentales. La primera de ellas es porque no terminé la historia en Polonia. La acabé el mismo día de la última publicación, el lunes pasado. Esto implica más de dos semanas desde que comencé este relato corto. No ha habido un solo día desde entonces en que no haya pensado en la historia, en cómo seguir la trama, en cómo mejorarla. Claro que el resultado no tiene por qué haber sido bueno, pero esta pequeña disciplina de avanzar cada día un poquito me ha servido para sacar ese rato delante del word antes de ir a casa para descansar, y poder hacer así lo que tanto me gusta hacer: escribir. Quiero recordar esto más adelante. La segunda razón de esta entrada es porque también me ha servido para pensar en lo que muestro aquí, el conocimiento absoluto. Tener durante tanto tiempo esta idea en mente me ha dado para hacer multitud de cavilaciones. Fue en otro tren, aunque esta vez en tierras belgas, donde compartí mis ideas con otro ser humano y no sólo con la almohada, como hasta entonces. En este caso fue un ser humano de la clase mujer joven vallisoletana toda de negro y con un perro lobo adorable hasta que empieza a soltar baba. Aún no había escrito la última parte, aunque estaba prácticamente acabada. Faltaban unos matices. Mi compañera de viaje intentaba sin éxito de sonsacarme la última parte de mi relato, y entre los dos comenzamos a decir posibles finales, algunos realmente interesantes y otros totalmente absurdos. En muchas de ellas, creo que es importante remarcar este dato, nuestro protagonista muere violentamente. Pero bueno, el caso es que seguimos ofreciendo alternativas, hasta que llegamos al que ha provocado en parte esta entrada: Julio sale a la calle para ir a comprar su desayuno y descubre que no es el único que posee esta asombrosa capacidad, sino que cada ser humano de la tierra comparte su poder. Empezamos a discutir sobre las repercusiones de esto, al principio en plan de broma, y luego más seriamente, pero sin llegar a filosofar, que es algo que odio hacer, sobre todo en un medio de transporte. Que todo el mundo obtenga esta característica crea un problema fundamental: el fin de la sociedad tal y como la conocemos. Éste es al menos nuestro veredicto final menos catastrófico. Nos dimos cuenta que, para empezar, cientos de empleos se perderían. Por un lado toda la enseñanza (maestros, instructores,…) puesto que no habría nada que aprender. Las personas dominarían de forma innata cualquier materia. Otra cosa sería la capacidad para realizar una labor o actividad, que no depende sólo del conocimiento, pero en el apartado del aprendizaje, no habría nada que enseñar. Otra rama que desaparecería sería toda la administración, ya que si cualquier persona conoce los códigos de acceso a cualquier cuenta o a cualquier ordenador, en cuestión de días se iba a liar una buena. Doctores, mecánicos, fontaneros, astrónomos,… cientos de profesiones sufrirían una reducción importante de plantilla debido a una menor necesidad de ellos. No hace falta dejar el coche en el taller para que te digan lo que no funciona cuando ya lo sabes, y además con un poco de maña, incluso tú mismo lo puedes solucionar. Esto generaría muchos despidos y mucha gente desesperada sin trabajo, sin dinero para alimentarse, pero con un conocimiento total de todo. Aquí apareció el siguiente punto de nuestra discusión. María opinaba que el ser humano es social por naturaleza. Yo hacía mía la frase de que el hombre es un lobo para el hombre. Puede que ambos tengamos razón. En mi historia, Julio entraba inocentemente en la vida de Marta y automáticamente conocía todo sobre ella, sus ilusiones, sus sentimientos, sus miedos. Podría haber fijado cualquier otro objetivo a continuación. Sin embargo, nuestro protagonista tenía cierta moral y decide dejarlo y ocupar su mente en otros asuntos. Ahora supongamos que cualquiera puede hacerlo sobre cualquiera. Que tienes la capacidad de conocer todo sobre la señora de la panadería, sobre el hombre de bigote que espera el bús, sobre el niño que ríe en el piso de arriba, sobre tu amante, sobre tu peor enemigo. El conocimiento absoluto significa la desaparición del secreto, el fin de la vida privada. Tomamos entonces a los desempleados desesperados de hace un par de párrafos, y obtenemos una mezcla explosiva. La necesidad y la facilidad para delinquir haría aumentar la criminalidad, la violencia, el racismo, la xenofobia, el sectarismo, el miedo. La gente se volvería más irascible, más individual. Muchos acabarían con trastornos psicológicos, con desdoblamientos de personalidad, esquizofrénicos perdidos. Nuestra sociedad se asienta en unas bases que no se mantendría si no hubiera secretos, si todo lo escondido saliera a la luz. La caída de esta sociedad sería inevitable, por tanto. Habría tanto guerras entre los diferentes países como internas. Millones de personas perecerían, bien en estos combates, bien en rencillas dentro de su entorno. Podría continuar eternamente, con todos los malos presagios que fuimos capaces de imaginar en tres horas de viaje, y alguno más que he sacado durante estos días. Puedo explicar durante decenas de líneas de forma racional el por qué de cada afirmación. Pero no lo voy a hacer. Quiero que me deis vuestra opinión. De verdad. Quiero acabar mi entrada más larga (Mañanas de resaca I) con un pequeño sondeo sobre qué sois capaces de imaginar que ocurriría de cumplirse este supuesto. Si sacáis alguna conclusión positiva, también será bienvenida. Pero es verdad que después de tanto tiempo pensando en ello, me gustaría oír qué tenéis que decir al respecto. Anda, no seáis vagos y escribid, que para una vez que os lo pido… Gracias de antemano. November 05 Mañanas de resaca I (Quinta parte)Sé quién mató a Kennedy, se dice Julio mientras baja las escaleras. Se sorprende de la cantidad de personas que también lo saben. Dos millones, cuatrocientas ochenta y dos mil setecientas setenta y tres almas, exactamente. No es tan secreto después de todo, se lamenta. Sale a la calle y el brillo del sol lo ciega por unos instantes. Sonríe. Un día magnífico. Comienza a andar hacia el supermercado mientras recuerda todas las efemérides ocurridas este mismo día: la desaparición de Carmen Amaya, la muerte de Leonardo Sciascia, el saqueo de Marsella, la pérdida de Menorca, los muertos en India,… Maldita sea, la ignorancia da la felicidad. Piensa en cada uno de estos acontecimientos, pero sin profundizar en ellos para no perder el rumbo. Salta de uno a otro sin demasiado orden ni excesivo interés, como quien ojea un libro que aprendió de memoria hace tiempo. De repente, Julio se para en seco. Hay algo que no encaja. Retrocede un día y estudia los hechos en años anteriores. Lo sigue notando. Toma distancia. Observa globalmente ciertas épocas y coteja los sucesos con otros ocurridos antes o después en el tiempo. Enlaza eventos de gran trascendencia con momentos de la vida cotidiana ocurridas el mismo día, y los compara con situaciones a cientos de años de distancia. Mientras camina, su mente bulle por los datos que van y vienen, por todos los acontecimientos ocurridos desde miles de años atrás hasta nuestros días. Julio se esfuerza por comprender. Sabe lo que es, pero no acaba de definirlo. La respuesta se esconde en algún lugar de su memoria, como la ubicación de una calle en tu propia ciudad un mal día. Amplía su campo más allá del ser humano, a decenas de millones de años, cuando apenas había vida sobre la superficie terrestre. Su mente retrocede a una velocidad vertiginosa aún más atrás, hasta el principio de todo. Ya sabe lo que está buscando. Necesita confirmación. Se detiene cada varios milenios al principio. Después cada pocos centenares de años. Compara lugares, seres, eventos, cambios. Entonces, Julio lo ve. Lo que buscaba. Era cierto. Existe un patrón. Una pequeña secuencia que se repite cada cierto tiempo. Unas veces es más fácil distinguirla, y otras en cambio apenas se vislumbra, pero está ahí. Desde la creación del Universo mismo, se ha seguido un orden a la hora de avanzar, como si la existencia misma de todo se encontrara sobre una plantilla, la cual hay que completar para comenzar con la siguiente. Aunque la duración del proceso ha variado según la época, se ha cumplido siempre, sin excepción alguna. Julio siente un escalofrío por todo su cuerpo. Pero hay más. También hay una línea. Tanto tiempo como espacio siguen una trayectoria. Todo lo que existe, con vida o sin ella, avanza sobre unas pautas determinadas hacia un fin. Julio sabía que, a gran escala, nada es impredecible. Ahora se da cuenta de que a pequeña escala, tampoco. El Destino existe, piensa conmocionado. Todo tiene un por qué o un significado si se observa desde la distancia adecuada. Con los datos necesarios, se podría haber sabido lo que iba a ocurrir y conocer lo que ocurre. Y lo que ocurrirá. Demonios, puedo predecir el futuro. Esta idea hace estremecerse de nuevo a Julio. No es sólo un conocimiento general o especulativo, es la certeza de que los acontecimientos están escritos. De que por mucho esfuerzo que se haga para remediarlo, lo que tenga que ocurrir, va a ocurrir. Que nada ni nadie, a lo largo de la Historia, ha logrado desviar la trayectoria o salirse del rumbo que fue marcado desde el comienzo. Julio titubea unos segundos. Lo que está a punto de hacer lo asusta ligeramente. Respira profundamente un par de veces. Cierra los ojos y cuenta mentalmente hasta tres. Entonces, avanza en el tiempo. Siente vértigo al principio. Esta información no se parece en nada a la nítida e increíblemente precisa del presente y del pasado. La del futuro se mantiene continuamente tras una neblina que hace imposible un enfoque claro. Permanece ahí, inalterable, y con mucho esfuerzo se logra percibir, pero de forma difusa, como los detalles de un sueño al despertar. Sin embargo, el objetivo de Julio no son estos datos. Él avanza demasiado rápido para asimilar este conocimiento. Fragmentos de hechos aún sin ocurrir y de vidas que aún no existen se dejan entrever, como destellos en una noche cerrada, pero Julio los ignora. Sigue desplazándose en el tiempo hacia su objetivo. No se quiere entretener. Está pensando en el futuro por una única razón, y ésta se encuentra muy lejos. Los mares de información se agitan, se convulsionan, se transforman. Todo cambia. Pero Julio sigue avanzando. Entonces, llega a su destino. Al final. Al final de todo. Y encuentra lo que buscaba. El último dato. La última pieza del rompecabezas. La referencia que permite ver el conjunto de manera clara y ordenada. Ahora posee un conocimiento que todo el mundo ansía. El conocimiento global. La explicación de todos los hechos. El significado de todos los sucesos. La razón de la existencia. El sentido de la vida, piensa Julio. Así que es esto. La razón por la que estamos aquí. Vaya. Es gracioso. Tantas generaciones de pensadores, tantas religiones, tantas teorías. Hay que ver lo lejos que estaban de la realidad. Casi siento lástima por ellos. Ni siquiera han sido capaces de atisbarlo. Bueno, la verdad es que tampoco yo me lo habría imaginado, para qué me voy a engañar. Es difícil pensar que la verdadera y única razón de nuestra existencia sea… Julio se para en seco. El supermercado está cerrado. Es domingo. Julio abre la boca, pero no es capaz de emitir ningún sonido. Mira la reja que bloquea la puerta con incredulidad. Entonces, echa la cabeza hacia atrás y ríe. Ríe con ganas, con estruendo, sin importarle lo que pueden pensar de él. Ríe de felicidad. Ríe como lo hacen en ese mismo momento ciento dos millones ochocientas cuarenta y tres mil novecientas cincuenta y siete personas. Aproximadamente.
Fin. October 30 Mañanas de resaca I (Cuarta parte)Durante los meses siguientes, Marta se hundió en la más profunda tristeza. Se encerró en sí misma, evitando el contacto con el resto de personas de su alrededor. Apenas salía de casa. Ignoraba las llamadas y correos de sus amistades. Permanecía continuamente sumergida en sus pensamientos, deambulando de un lugar a otro en silencio, consumida por la pena. Incluso sus ojos perdieron el brillo, y la vida que anteriormente desprendían se tornó vacío. No lograba entender qué había hecho mal, en qué había fallado a David. Había ofrecido todo lo que podía ofrecer, le había entregado todo su amor y su cariño, pero él la había dejado contundentemente, sin ninguna explicación. Marta estaba segura de que todo era culpa suya. Se atormentaba a sí misma con los recuerdos, y se criticaba con dureza por no haber sabido llevar la situación. A veces se replanteaba su propio futuro. Julio se da cuenta que está llorando. Jamás había estado tan conectado a nadie, y los sentimientos que desprende la Marta del pasado son tan fuertes e intensos que sin darse cuenta los hace suyos. Odia a ese David, y si ahora mismo estuviera presente, le daría una paliza. Cinco meses y cinco días después, Marta se da cuenta de que no puede continuar así. No se centra en las clases, ha perdido a la mitad de sus amistades, y siente en cada momento una presión en el pecho y en la boca del estómago que no la deja respirar y agota sus fuerzas. Una semana más tarde, el veinticuatro de mayo, Marta acepta una oferta de empleo en Santander como camarera en un restaurante, y marcha para allá con el tiempo justo para hacer la maleta. Tiene que abandonar cuanto antes esa ciudad que la oprime y la hace recordar lo que ha perdido. Esta decisión es acertada, y en apenas veinte días, Marta recupera la confianza y comienza a olvidar poco a poco su frustrada relación. Su personalidad comienza a salir a la luz de nuevo, y las personas de su alrededor se dan cuenta de ello. El pinche de cocina, Juan Olivares, y uno de los camareros, Ignacio Domínguez, caen prendidos de Marta. Ella, con la fuerza recobrada y la mente clara, decide que si quiere olvidar de una vez por todas, tiene que ocupar el espacio que dejó David. No quiere una relación seria, pero flirtea con sus dos pretendientes y le gusta sentirse deseada de nuevo. Nueve días más tarde, Marta se decanta por Ignacio, un argentino sagaz de lengua hábil que sabe engatusar. Comienzan a salir oficialmente el trece de agosto, pero durante los dieciocho días anteriores se habían estado viendo. Principalmente, para tener relaciones sexuales. Ninguno de los dos oculta sus deseos, y sus encuentros son fogosos, salvajes, sin demasiado amor pero con mucha pasión. A Marta la encanta situarse debajo y dejar que su pareja comience a besar su… Zumo de naranja, logra pensar Julio, necesito zumo de naranja y unas magdalenas para desayunar. Julio está completamente rojo y acalorado. Su frente está completamente sudada, y las gotas al descender se mezclan con el rastro de lágrimas, provocándole una sensación de suciedad por todo el rostro. Ha estado cerca. Es difícil controlar los pensamientos cuando los dejas vagar a través de redes tan vastas de información. Pero Julio no se engaña. Ha visto lo que ha deseado ver durante toda su juventud, y lo que ha sentido tenía la misma intensidad que sus propias experiencias, sólo que vividas hace escasamente un minuto. Una cosa es lo que quiero saber, piensa, y otra muy distinta lo que debo saber. La vida privada de las personas de mi entorno, o sus secretos más íntimos, no son de mi incumbencia, por ejemplo. Julio se sigue regañando mientras se acerca a la habitación, se calza los zapatos, recoge las llaves y la cartera, y abandona su hogar. Piensa en cómo utilizar para el bien de todos su recién adquirida dote. October 27 Mañanas de resaca I (Tercera parte)Marta está leyendo acostada en la cama. La encanta hacerlo cuando se despierta. Debido a su ajetreada vida, sólo se permite el lujo de actuar de esta forma los fines de semana, pero para ello sigue todo un ritual: se estira un par de veces o tres, bosteza, se quita con el dedo las legañas, ahueca un poco la almohada y toma el libro que tiene en la mesilla. Una vez que ha cogido la postura, se tapa con las sábanas concienzudamente, para no perder el calor que ha acumulado durante la noche, y comienza a leer el último párrafo del día anterior. Una botella de agua al lado de la lámpara asegura no tener que levantarse debido a la sequedad de garganta. Julio advierte que desde el instituto, Marta ha cambiado físicamente. Sigue teniendo la misma estatura, pero su anatomía se ha desarrollado, y las curvas que hace diez años eran sólo insinuaciones, ahora moldean un cuerpo de infarto. Ha ganado bastante peso, hasta el punto de que se la aprecia ligeramente la papada, pero Julio no cree haber visto nunca a ninguna mujer tan hermosa. Su rostro se ha redondeado, aunque mantiene los labios finos y prácticamente sin color de siempre, los que al sonreír desaparecen para dejar paso a dos hileras de dientes perfectos, tan blancos como la leche. También permanece inalterable su nariz chata, sus cuatro pecas, sus dos lunares. Y sus ojos. Esos ojos. Julio llega a la cocina y agarra una silla para evitar caer. Un escalofrío recorre toda su espalda. No los recordaba tan grandes, tan brillantes y tan bonitos. Poseen tanta fuerza y calidez como antaño, pero ahora desprenden ese brillo especial que sólo la experiencia puede dar. Julio comprende que esa mirada fue y sigue siendo su perdición, la que lo cautivó y la que lo hechiza con sólo pensar en ella. Ahora Marta además tiene el pelo corto, prácticamente no la oculta las orejas, y con mechas en un tono más claro. Idea de su último novio, Samuel Salcedo, un compañero de trabajo con el que cortó hace apenas dos meses. Más tiempo, sin embargo, del que estuvieron juntos. Fue una relación rápida y sin sentimiento. Desde el comienzo Marta se recriminó el haber aceptado el ofrecimiento de Samuel, y éste comprendió a las dos semanas que la situación le quedaba grande. Samuel era un joven atractivo y agradable, pero demasiado tímido y carente de fuerza interior. Tras treinta y dos días de relación, ambos acordaron terminar y volver a ser lo que eran en un principio, compañeros de trabajo con una buena amistad. A veces Marta piensa que no está hecha para escoger a los hombres. Desde que salió del instituto, ha tenido una decena de relaciones, y aunque cada una de ellas ha sido completamente diferente a las anteriores, el resultado ha sido siempre el mismo: recuerdos amargos, lágrimas saladas y nadie a quien desear dulces sueños. Julio se da asco a sí mismo. Lo que está haciendo es imperdonable. Espiar la vida privada y los sentimientos de las personas es repulsivo. Y sin embargo, no puede evitarlo. No puede ignorar lo que sabe. Su primer novio fue David González. Julio lo conocía. Estaba en la clase de al lado, aunque no tenía relación con él. Había llegado el último año y apenas habían hablado en media docena de ocasiones. Alto y de tez morena, no le costó ni un mes captar la atención de muchas estudiantes. Estuvo saliendo prácticamente todo el año con otra compañera del instituto, Verónica Villa, la única chica de todo el centro que estaba continuamente preparada para la celebración de una boda sorpresa. Acudía a diario completamente maquillada y con una serie de vestidos y trajes de los que el resto de los mortales hace uso únicamente un par de veces al año. David y Marta duraron ciento dieciocho días juntos. Éste, acostumbrado a las mujeres como Verónica, todo fachada y sin nada en el interior, fue arrastrado desde el primer momento por la abrumadora personalidad de Marta. Trató en vano de imponerse, de dominarla, pero era como remar a contracorriente en un río embravecido. Marta no se daba cuenta de la situación de David. Se encontraba completamente enamorada y pensaba en él a todas horas. Es cierto que al pasar el tiempo, se percató de que David se mostraba con mayor frecuencia enfadado, y se mantenía a la defensiva cuando estaba con ella, pero Marta sólo pensaba en la suerte que había tenido de lograr salir con aquel chico tan popular y lo feliz que se sentía, y esto la ofuscaba la razón. Por ello, cuando el doce de diciembre, David decidió cortar con ella, a Marta se le cayó el mundo encima. No estaba preparada para ello, y la noticia la golpeó con dureza. October 25 Mañanas de resaca I (Segunda parte)Sus zapatillas son marca Velázquez, una empresa familiar de Castellón que comenzó a funcionar en 1956 a cargo de Lorenzo Velázquez. Actualmente trescientas cincuenta y cuatro mil setecientas seis personas utilizan calzado de esta empresa, de las cuales mil doscientas ochenta y una poseen un par de zapatillas del mismo modelo, color y número que las que usa Julio. Una de estas personas es Ana María Cuellar, propietaria hasta hace dos años de un piso en la calle Santa María de Jaén, pero que decidió vender porque su padre, Amancio Cuellar, había fallecido en un accidente de tráfico la semana anterior, y Ana María había heredado su piso, ubicado en la calle Primo de Rivera. Un apartamento veinte metros cuadrados más grande y a tan sólo mil doscientos dieciocho pasos de la empresa donde ella trabaja, Perfumería Carmen. Esta empresa fue creada en 2001 y su propietaria… Julio se levanta y se dirige al baño. Se moja la cara, se refresca la nuca, y apoya las manos en los laterales del lavabo. Está cansado. Acaba de levantarse y se siente agotado. Se agacha y bebe un largo sorbo de agua. Datos como temperatura, composición química, periodo de tratamiento, duración del proceso o incluso la procedencia de cada molécula del líquido le bombardean la mente, y Julio se aparta bruscamente como si hubiese sido abofeteado. Su corazón palpita frenéticamente. Descubre su rostro reflejado en el espejo y se mira a los ojos mientras trata de recuperar el aliento, ignorando las gotas que caen desde su barbilla y humedecen lentamente la parte frontal de su pijama. No puedo seguir así, piensa Julio, debo despejar mi mente. Dejar de pensar lo que otros piensan, lo que otros ven, lo que otros sienten. Ignorar cualquier conocimiento que no poseyera antes y concentrarme únicamente en el momento. Debe ser así o terminaré volviéndome loco, como Lit, el personaje principal de “Como siempre”, una película húngara del setenta y cinco que interpretaba Laszlo Metzco y que se rodó en…Basta. No. No son mis recuerdos. Yo jamás he visto esa película. Qué demonios, yo jamás he visto una película húngara. Cuando su ritmo cardiaco vuelve a la normalidad, sale del baño y vuelve al dormitorio. Se viste sin prisas, mientras se concentra en sus propias experiencias: su niñez, el instituto, su primer trabajo,… ahora lo recuerda todo con asombrosa precisión, como si todo hubiera transcurrido unos minutos atrás. Disfruta de aquellos momentos maravillosos que había olvidado, y salta de fecha cada vez que se descubre desde otros ojos o comienza a derivar hacia sensaciones que no son suyas. Hasta que llega a Marta. Marta Ramírez Calvo. Con el paso del tiempo, habían desaparecido grandes eventos y anécdotas de su juventud, como desaparecen los rastros de pisadas en el desierto, pero no había olvidado a Marta. Era imposible olvidar a aquella chiquilla vivaz y divertida que lo volvía loco, la que aparecía todas las noches en sus sueños, y la que lo impulsaba cada mañana a levantarse e ir al instituto. Cuando la vio por primera vez entrar en clase, pensaba que estaba soñando, y a las dos semanas estaba totalmente enamorado de ella. No se había atrevido nunca a pedirla salir, ni siquiera a insinuar levemente sus sentimientos, por miedo a una respuesta negativa. A esa edad, si una chica te rechazaba, no sólo sufrías la mayor vergüenza posible, sino que te convertías automáticamente en objetivo predilecto de las bromas del resto de compañeros. Sin embargo, para Julio estas circunstancias eran insignificantes. Incluso asumibles, llegado el caso. Lo que más preocupaba a Julio era que si Marta rehusaba, se creara una relación tensa entre ambos. Que dejasen de hablarse, que se evitaran. Marta no llegó a ser en ningún momento su amiga, ni tenía con ella más contacto que con cualquier otra chica de clase. Pero podía hablarla, y escucharla, y mirarla a aquellos enormes ojos cobrizos inquietantemente abiertos que lo hechizaban. Y con esto, Julio se conformaba. Cuando acabó el instituto, hace ya diez años, perdió su pista. Marta salió de su vida con la misma rapidez con la que había entrado. Durante los meses siguientes, Julio pensaba en ella a diario, y la buscaba con la mirada mientras paseaba por la ciudad. Llegó incluso a organizar durante ese año una docena de encuentros con los que ya eran sus antiguos compañeros de clase, con la esperanza de que Marta apareciera en ellos. Nunca lo hizo. Su último movimiento antes de darse por vencido fue en la celebración de su cumpleaños, cuando llamó una por una a todas sus amistades para ofrecerlas asistir al evento. Era la primera vez que lo celebraba desde que cumplió los doce años. Necesitó tres días para encontrar la mejor excusa con la que invitar también a Marta. Quería que sonara real, pero lo más alejado posible del verdadero motivo. Ella no cogió el teléfono. Julio lo intentó treinta y cuatro veces durante los siguientes seis días hasta darse cuenta de que Marta no respondería. Ella no acudió a la fiesta. Julio se emborrachó por primera vez en su vida y jamás volvió a celebrar su cumpleaños. Con el paso del tiempo, Julio pasó de la obsesión a la melancolía, y de la melancolía hasta prácticamente el olvido. Hace dos años, hablando con su ex-compañero y amigo Jorge, éste le comentó que su hermano Alfonso se había encontrado con Marta en Santander, pero que no pudieron hablar demasiado porque ambos llevaban prisa. En el momento en que oyó el nombre de Marta, algo se activó en su interior, y los deseos de volverla a ver cobraron la fuerza de ocho años atrás. Pero se desengañó reconociendo, contra su voluntad, que era algo imposible, había perdido el contacto y jamás sabría qué había sido de su vida desde que terminó el instituto. Pero ahora es distinto. Ahora conoce su vida mejor que ella misma. No, no está bien, se apresura a decirse Julio. Se termina de vestir y se dirige a la cocina mientras procura mantener su mente en blanco para bloquear la información que surge a borbotones. Pero como quien trata de ignorar su propio nombre, o la suma de dos más dos, le es imposible, y el torrente de datos inunda su cabeza. October 24 Mañanas de resaca I (Primera parte)Domingo por la mañana. Julio despierta y descubre que lo sabe todo. Posee conocimiento de cualquier dato existente. Le basta con pensar en un tema, para que su mente se sature de información. Desconcertado, Julio permanece unos minutos tumbado en su cama. Sabe, por ejemplo, sin necesidad de mirar el reloj, el día, minuto y segundo exacto en el que se encuentra, tanto en su ciudad como en cualquier parte del mundo. Escoge los primeros nombres e imágenes que le vienen a la mente, saltando de un punto geográfico a otro sin orden ni concierto, a ciudades y pueblos de los que ni siquiera había oído hablar anteriormente. Ahora posee conocimiento absoluto sobre ellos: el tiempo meteorológico que tienen, el nombre y ubicación de sus edificios más emblemáticos, las calles que permanecen en obras, la hora de apertura y cierre de cada comercio, el número de habitantes,... Su población. En este punto Julio se detiene. No conoce únicamente el nombre de cada uno de ellos. Le basta con fijarse un objetivo para tener acceso a toda una vida. A través de sus ojos, o de los ojos de aquellos que lo rodean, la persona seleccionada ofrece una sucesión interminable de datos que se expande a una velocidad prodigiosa, afectando en su crecimiento a hombres, mujeres y niños de su entorno, los cuales aportan a su vez toda la información de su existencia, tanto presente como pasada. Julio piensa en Lennart Vandeputt. Lennart Vandeputt es un chaval belga de catorce años que va camino a casa de su prima Vanessa para pasar el día. Colgando en su espalda, transporta una mochila con un bolígrafo azul, dos lapiceros mordidos y un sacapuntas naranja, además de una bolsa de alubias verdes que su madre, Christine, le ha encargado entregar a Claire, la madre de Vanessa. Claire es una mujer menuda de cabello oscuro que acaba de terminar de fregar y descansa sus doloridas piernas en el sillón vibrador que compró el verano pasado. Aunque por aquel entonces no lo veía claro, ahora se alegra de haberlo adquirido. El vendedor era atractivo y tenía labia, por lo que terminó de despejar las dudas con las que Claire había acudido al establecimiento. No recuerda su nombre, pero no la importaría volverle a ver. A veces piensa en ello y fantasea imaginando que el joven la reconoce por la calle y la invita a una copa en cualquier bar de moda. El joven se llama David Depuis y ya no trabaja en la tienda. Acabó hace dos meses sus estudios de Empresariales y dejó el puesto para tomarse unas vacaciones y pensar en su futuro. Ha buscado en cuarenta y cinco páginas web durante ocho horas, trece minutos y dieciocho segundos, y el resultado han sido treinta y dos solicitudes de las cuales veinte han sido respondidas, aunque, por desgracia para él, únicamente cuatro con éxito. Podrían haber sido cinco, pero Gerrard Blum, el encargado de Recursos Humanos de la empresa Sofitel pidió a Joseph, su secretario, que denegara su solicitud, para poder incorporar al puesto a Melanié Duquesne, la actual novia de... Julio despeja su mente. Está mareado. Demasiada información en tan poco tiempo. Demasiados nombres, rasgos, recuerdos. Demasiada maraña de datos. Se incorpora con esfuerzo y se calza las zapatillas. October 08 Nuevas experiencias Y cuando crees que ya has visto todo lo que se puede ver en un aula, aparece tu profesora con zapatos de elfo, pantalón de pijama y una camiseta con la silueta de una mujer portando un látigo sobre la frase en castellano No dinero no sexo y comienza a dar clase, mientras tu compañera de dos pupitres a la derecha hace ganchillo. Una bufanda para su hijo. October 02 El arte de picarCuando en esta entrada hablo de la acción de picar, no me refiero a comer entre horas, a clavar puntas en neumáticos o a hacer saltar las bolas de billar. No es nada de esto. Lo que tengo en mente mientras escribo estas líneas es la definición número veinte del Diccionario de la Lengua Española: Enojar y provocar a alguien con palabras o acciones. También podría aplicarse la definición número veintiuno y, si me apuráis, en determinadas ocasiones incluso la veintiséis. Me encanta picar. Es algo que me gusta y que además se me da bien, en parte porque yo me pico con facilidad (entrada quincuagésimo tercera) y aprendo de mi propio enojamiento. No en el mismo momento, por supuesto, sino al día siguiente, cuando la ira ha dejado un hueco en mi cabeza para que se asiente el sentido común. Y es que un buen pique, si se da bien, puede durar varias horas. Hasta que te vas a acostar. Saberse picar también es un arte, que no muchos dominan, y la primera regla es que el cabreo nunca debe mantenerse más allá del próximo amanecer. Se puede reavivar, como las brasas de una hoguera, pero para ello hace falta un agitador, un elemento activo, que suele ser el mismo creador del pique o algún amigo o familiar que haya estado presente o conozca por terceros la situación donde se provocó el conflicto. Es decir, el lugar exacto de la fogata. Picarse no entiende de sexos ni de edades. Sólo hay que tener disposición a ello y un experimentado de la materia delante. El problema principal de aquellos que no comprenden los entresijos de este arte es pensar que picar es simplemente jactarse de tu superioridad hasta meter la pata o reírte del otro hasta rozar el insulto. Y no es así. De hecho, con experiencia, puedes llegar a picar al extremo a alguien sin ni siquiera abrir la boca. Puedes hacer que esa persona se ría de sí misma incluso cuando está cegada por la ira. Puedes hacer que un sujeto explote de rabia como nunca antes ha explotado y que al cabo de una semana lo recuerde con humor y con ganas de repetir. Porque en eso consiste el arte de picar precisamente, en enojar a alguien lo máximo posible y hacerle ver, a su vez, la ridiculez de su enfado. Es por ello que el acontecimiento que provoca el comienzo del pique debe ser lo más insignificante posible. Cuanto más absurdo y carente de importancia, mejor. De ahí que el mejor campo para este arte sean los juegos. Tanto para el que da, como para el que recibe. No me gusta jugar con gente que no se pica. Enfrentarme a gente que les da igual ganar o perder, que no se inmutan por un resultado humillante o que te felicitan incluso cuando les has dado la paliza de su vida, es perder el tiempo. Al igual que sufrir una derrota bochornosa y no sufrir siquiera una ligera provocación. Cuando se juega, hay que picarse. Hay que dar o recibir. Es la salsa de la competición. Debido a esto me encanta jugar al ping-pong con Billy, a las cartas con Olenka, al Estratego con María, al Settlers con Laurita, al Blood Bowl con mi primo, al Pro Evolution Soccer con Dani, y, en general, a cualquier juego con mi hermano o con Raúl. Si además en la partida con este último participa Juan Carlos, puede llegar a ser un pique de los que hacen historia, como cuando Jorgue rompió su ficha de equipo, tantos años atrás. En cuanto a mí, viéndolo desde la distancia, me gusta tanto picar como ser picado. Disfruto con ambas situaciones, siempre y cuando se hagan bien. Me entristece toparme con personas que aspiran a picar y lo único que hacen es demostrar su torpeza y quedar en evidencia. Y eso que para picarme no hay que hacer un gran esfuerzo. Basta con ganarme a cualquier juego para meter la primera pulla. Del resto, en la mayoría de los casos, me encargo yo solito. |
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