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Un espacio creado sin objetivo concretoY que tras un año y pico de existencia, sigue teniendo un futuro de lo más incierto. November 27 RosanaAbre los ojos, Rosana. Ábrelos, pequeña, mira que ya nada tiembla. ¿Ves? todo está bien, ya pasó. Aparta las manos de tus orejas, escucha este silencio. Tranquila, el estruendo ha terminado. Ni el romper de los cristales, ni el crujir de la madera, ni los gritos de los vecinos,... nada. Sólo silencio. ¿A que es agradable? Lo sé, te pitan los oídos, es molesto, pero tan sólo te durará unos minutos. Ahora sal de debajo de la cama. Muy bien, así, poco a poco. Qué bien lo estás haciendo, Rosana. Uy, ten cuidado, no, no apoyes ahí la mano. Eso es. Sí, es un cachito de tu espejo, y allí otro. Apártalos con la zapatilla, vale, venga, que ya estás casi fuera. Incorpórate. No te preocupes por tu habitación. Papá lo arreglará todo. Te hará un escritorio nuevo, y un armario, para que puedas volver a meter todos esos preciosos vestidos que tienes. Claro, la blusa azul también, por supuesto. Sí, ahí está. No está rota, es sólo polvo por encima, y algún cristal. Mañana la lavará mamá y quedará como nueva. Verás como sí. No, pequeña, no llores, no, venga, sé fuerte. Contén las lágrimas. Todo está bien. ¿Dónde vas? No, por ahí no vayas, ven a la puerta. Espera... ah, el libro de cuentos. Muy bien, cógelo, pero con precaución. Es un libro muy bonito ¿verdad? A mí la historia que más me gusta es la del gato con botas, ¿y a ti?... no, la cubierta no está. Se ha quemado. Pero no importa, Rosana, porque los cuentos están todos. Simplemente ha sido la portada. Hey, no, por favor, no llores. Mira, vamos a hacer una cosa. Dile a papá cuando le veas que te dé una hoja de papel y los lápices de colores, y así podrás dibujar tú misma una portada para el libro. Cuando la pegues, serás la envidia de todos tus compañeros de clase. El libro de cuentos con una portada hecha por ti. Vaya, no hay muchos niños que tengan algo así. Muy bien, pequeña, así, sorbe un poco los mocos, que te vas a ahogar. No, no te toques la cara con las manos, que están sucias. Espera a lavarte un poco. Ahora vámonos de aquí. A la derecha, a la derecha, que por ahí no vas a poder pasar. No, al baño no puedes ir. Tendrás que lavarte más adelante. Es el techo, se ha caído. No, no trates de escalar los escombros, que te vas a caer. Rosana, vuelve, que hay cristales, y cables. Muy bien, vale, lentamente, apoya bien los pies. Eh, mira, puedes ver el cielo por el agujero que se ha creado. Qué cielo más azul y brillante ¿a que sí? Vamos a la calle para verlo mejor, que desde aquí, con tanto polvo flotando, pican los ojos. Pero por aquí, a la derecha. Te da la tos. Tranquila, que ya queda poco. No, no te toques los ojos con las manos. Aguanta sólo un minuto más. No, por la puerta de la cocina, no entres en el salón, hey, no, Rosana, por aquí... eh, sí, es Salchicha. No, no te oye. Está dormido. Quédate aquí, no te acerques, que puede ser peligroso con tantos cristales. Sí, es que está cansado. Déjalo dormir. No, no lo grites. Dentro de un rato se despertará y te perseguirá corriendo, como siempre. Y te babeará, y te morderá las zapatillas, y le dirás a mamá que se lo lleve dentro para que te deje disfrutar del jardín. Así que aprovecha ahora que está dormido, y disfruta tú del exterior, que en cuanto se anime va a ser imposible. Eso es, sshhh, venga, vamos a la cocina. Empuja, Rosana, empuja fuerte. Ya casi está. Venga, un poco más. Así, muy bien, qué chica más fortachona estás hecha. Vale, pasa por la rendija. No te enganches la camiseta con el pomo. Qué bueno hace, ¿verdad? Respira, respira este aire tan maravilloso, y mira el cielo, qué azul y qué grande, ¿te gusta? No, no mires al suelo, que está todo muy sucio y no es tan bonito como las alturas. Sólo hay trozos de muebles, ladrillos, ramas, y... restos de ropa, harapos. Cosas así. Habrá que limpiar todo, sí, pero ahora no. Mejor vamos a la parte delantera de casa, que se oyen voces. ¿Escuchas lo que dicen? Gritan tu nombre. Es mamá, Rosana, te está llamando. Venga, no hagas esperar a mamá. Corre hacia allá. Eso es, pequeña, corre, no te detengas. Allí está. Con papá. Te han visto. Qué bien, vete hacia ellos. No, el tato no está. No te preocupes, seguro que anda por aquí cerca. Igual te ha ido a buscar, porque tardabas mucho. Tranquila, no te detengas, ya aparecerá. Ahora abraza a papá y a mamá. Sí, están muy sucios, pero tú también. Os vais a tener que dar un buen baño los tres, ¿eh? Claro, los cuatro, el tato también, que seguro que está igual de lleno de polvo que vosotros. Sí, están llorando, pero no es de tristeza. No, claro que no. ¿No ves que se ríen también? Dales un beso, anda, y diles que estás bien. Dales un beso, Rosana, y diles que les quieres. Y ahora descansa. Apóyate en el hombro de papá, y duerme. No hagas caso al ruido que se acerca, ni te preocupes por los gritos de los vecinos. Todo está bien ahora. Estás con papá y mamá ¿recuerdas? Descansa, pequeña, cierra los ojos y duérmete. Buena chica. November 13 Condición humanaÉsta no es una entrada divertida. No es un cuento, ni una anécdota, ni un resumen de mi día. Es una explosión. No una explosión cómica, ni una explosión entretenida. Es una explosión de verdad. De sentimientos, de mandar a la mierda el escribir con cabeza, con corazón, y escribir con las tripas. Con uñas y con dientes. El río de mi vida que dibujé en Luxemburgo era prácticamente una recta, rodeada de campos verdes y alimentado por varios afluentes y acequias. Es la verdad, no me puedo quejar. He visto ríos mucho peores, ríos que acaban desbordados, anegando los campos cercanos, ríos con interminables meandros, o que se dividen hasta no poder determinar cuál es su verdadera continuación, o ríos que simplemente terminan en una enorme cascada, en el fin del mundo del Mundodisco, cayendo el resto de sus días al interminable Universo, a la nada. También he visto ríos perfectos que se consideraban horribles, que pensaban que las estúpidas complicaciones en su desarrollo no eran comparables con ninguna otra, pero esa es otra cuestión que no viene al caso. Mi río se ve bonito, porque lo es. Pero todo río tiene sus problemas, y aquellos que piensan lo contrario, es que conocen muy poco al resto de la gente o es que simplemente son gilipollas. Todo río tiene sus complicaciones, y si te fijas con cuidado, se pueden ver a simple vista. A veces se pueden colocar diques, volverlo a encauzar, y a veces no. Hay ocasiones en que simplemente debes dejar que la Naturaleza actúe y sea ella la que decida cómo debe acabar todo. Siempre me ha gustado controlar la situación. Conocer el problema lo mejor posible y actuar en consecuencia. A veces funciona, y otras no, pero al menos se intenta. Dejar un evento en manos del destino es arriesgarse a que no salga bien, y para que no salga bien, prefiero poder decir que al menos lo he intentado. No te arrepientes igual cuando has hecho lo que has creído que era lo correcto y no ha funcionado que cuando te arrepientes de no haber actuado. Aunque tu acción haya sido un acojonante fracaso. El problema aparece cuando no tienes ningún tipo de control sobre la situación. Cuando no la has buscado, cuando no la has querido, y cuando crees que no te la merecías. Pero esto de nuevo es una chorrada. Gran parte de los problemas aparecen sin merecerlo, y aquellos que se lo merecen sufren menos porque se lo esperan. Es otra de las injusticias de la vida, pero continúo, porque este aspecto tampoco tiene sentido desarrollarlo. Entonces, cuando aparece, puedes tomar dos decisiones diferentes: cubrirlo con capas y capas de sentimientos, como una cebolla, o como una tarta que diría Asno, o exteriorizarlo, contárselo a alguien que te escuche, que te ofrezca su opinión, que simplemente te mire a los ojos mientras se lo trasmites. Y es en este momento donde te das cuenta qué tipo de persona has sido en la vida. Si de las que escuchan, o de las que hablan. Un trasmisor o un receptor. Yo siempre he sido un receptor. Me gusta escuchar a las personas, me da igual que sean mis amigos, mi familia o un borracho un sábado cualquiera en Cantarranas. Escuchar te ayuda a conocer a tu interlocutor, a ver con sus ojos y a sentir con su corazón. Y te provoca lo que ocurría a Ender, que sin querer les amas, les comprendes y por ello te cuesta mucho más odiarlos. Por su parte, hablar te ayuda a sociabilizarte, a que la gente te conozca y te acepte. A saber dar confianza a tu compañero y a mostrarte tal y como eres al resto. El problema es que eres de un grupo o de otro. Ser un personaje intermedio, de los que hablan y escuchan es prácticamente imposible, y aquellos que presumen de ello posiblemente no sean ni una cosa ni la otra. Escuchar no es oír para tratar de meter un comentario o una sensación sin pensarla siquiera, y hablar no es soltar una sarta de tonterías esperando que el oyente continúe con tu estúpido discurso. Yo pertenezco al grupo de receptores, de no saber hablar con soltura pero saber escuchar. Tiene varios inconvenientes, puesto que es difícil que el resto te conozcan con la misma facilidad que a los miembros del otro grupo, y sueles ceder el peso de las conversaciones a aquellos más curtidos en expresarse. Sin embargo, la tara más terrible es que cuando necesitas hablar, no sabes cómo hacerlo, ni con quién. Y entonces recurres a tu amigo de la infancia, con el que apenas hablas una vez cada dos meses, pero que siempre ha estado ahí, y del que deseas que siga estando, hasta el fin de los días. O a una amiga nueva, a la que conociste apenas hace un año pero que es como de toda la vida, con la que has compartido tanto, con tanta intensidad, una persona que te hace sentir bien simplemente estando ahí, a tu lado, aunque no haya nada que decir. Y te abres, torpemente al principio, porque no estás acostumbrado, pero ganando soltura, hasta que lo sacas todo, o, al menos, lo fundamental. Y te sientes mal, enfadado, aunque no sabes contra quién dirigir tu ira exactamente. Contra ti mismo, en primera estancia. Es lo más fácil, puesto que sabes como atacarte. Pero es inútil, porque eres consciente de que el problema no ha sido algo premeditado, algo que se haya estado gestando durante un tiempo, sino que ha aparecido de repente, como en las películas basura de los miércoles por la tarde. Te niegas a aceptarlo, pero sabes que es así, y no hay vuelta de hoja. Luego piensas que la culpa la tienen los demás, que el río se ha desbordado por las lluvias, por los granjeros que no han hecho una buena presa, por las montañas que se han modulado a su antojo sin consultarte. Porque absolutamente nadie ha hecho nada al respecto para solucionarlo, y ahora es demasiado tarde. Pero si enfadarte contigo mismo no tenía sentido, hacerlo con el resto es una idiotez absoluta, puesto que si los granjeros no pisan las tierras que tú riegas, las lluvias descargan con la misma intensidad desde hace años, y las montañas ya estaban ahí antes de que tú llegaras, el mosquearse con cualquiera de estos elementos es tratar de evadirse del problema y cargarlo sobre inocentes. Entonces llegas a la conclusión de que es la vida la mejor candidata a la que atribuir la situación. Porque hay cosas que se pueden evitar, y otras no, y esto se aprende a base de leñazos contra el suelo, como a montar en bicicleta. Hay gente que tarda una semana en aprender a ir sin ruedas supletorias, y otros meses, pero todo el mundo aprende, y el que no lo hace es porque jamás ha tenido una bici o porque jamás ha decidido quitarse los patines. Una vez resuelto el tema de la culpa, que tampoco es que ayude mucho a aliviar el peso sobre los hombros, llega el momento de tomar una decisión. Le das vueltas y más vueltas, durante días, semanas, para tomar la correcta. Otra tontería, ya que no hay correcta. Hay buenas, malas y fatales, pero no correctas e incorrectas. La vida no venía con libro de texto, no es un exámen tipo test, la vida es una puta ruleta rusa, en la que tratas de disfrutar de lo que te rodea cuando les toca a los demás, pero que al llegarte el turno, te cagas de miedo. Por suerte, la mayoría de las veces tomar una mala decisión no implica recibir un balazo en la sien. Y yo tomé la decisión de soltar la gallina de los huevos de oro, de dejarla en el campo, libre, deseando con todas mis fuerzas que supiera cómo cuidarse, como vivir en territorio salvaje, sin el calor del corral, sin baldas con paja para dormir ni grano para alimentarse cada día. Como había estado, de cualquier forma, antes de acabar a mi lado. Esa gallina, que me había hecho rico, que me había sacado de la pobreza más absoluta, que había llenado de dicha mi alma y corazón, contaría siempre con un amor de quien ha crecido soñando algo así. Pero sabes que es lo mejor. Un día de repente te das cuenta de que el oro no lo es todo, que no quieres más, y que no quieres retener egoístamente un don que puede hacer tanto bien a otros que sepan apreciarlo como se merece. No entiendes muy bien como ha ocurrido, como alguien se puede cansar de la riqueza, como alguien puede despreciar Jauja, como alguien puede rechazar un amor tan puro y fuerte, pero ocurre, y encima no puedes hacer nada. ¿Y todo por qué? Por un sueño, por un boleto de Euromillones de columna simple, por el lanzamiento de una flecha tuerto y a la pata coja. Por una posibilidad entre diez millones. Por nada, por un sentimiento tan absurdo que vuelve a provocarte repulsión hacia ti mismo. Y ocurre lo que tenía que ocurrir. Que se demuestra que no estás preparado para ir sólo con dos ruedas. Que te estampanas de nuevo contra el cemento. Que te abres las rodillas, que manchas los pantalones del domingo de sangre, que te escuece como mil demonios. Pero no es sólo eso. Al fin y al cabo, esto ya lo sabías. No puedes romper tres jarrones con el balón y luego pedir a tu madre que te compre una bolsa de gominolas en el kiosco. No te metes en el ejército pensando que jamás empuñarás un fusil contra alguien. Sabes lo que has hecho, y conocías las consecuencias. Hay que apechugar con lo que has hecho, y joderte por haber sido tan capullo. Lo que realmente te hace volverte loco de tanto darlo vueltas, es pensar por qué demonios lo has hecho, cual ha sido el desencadenante de la reacción, y no tienes ni puta idea, la verdad. Quizás sea sólo locura, enajenación transitoria, pero muy dentro de mí, allá en el fondo, en las primeras capas de la cebolla, noto que algo se agita, se mueve. Crece. November 09 Decisiones (2ª parte) La puerta de la oficina estaba cerrada, así que de nuevo era el primero en llegar. Hizo girar la llave y el sonido de las bisagras lo hizo sonreír. Desde el día que ingresó en aquel trabajo, hace ya tantos años, se habían probado mil y una formas de quitar aquel molesto ruido, pero no había habido manera de eliminarlo. Él mismo había aplicado varios productos engrasantes, sin resultado. Como si el ruido hubiese decidido formar parte de la familia, y ahora cada vez que se abría la puerta, nadie se percataba del molesto chirrido que de ella se desprendía, como se había llegado a ignorar a los ventiladores de los viejos equipos informáticos, o el zumbido incesante del aire acondicionado. Pero hoy lo había oído, y no lo encontró tan molesto, sino divertido, familiar, como si fuese un código secreto que sólo entendían las oxidadas bisagras y él.
La mortecina luz que entraba por la puerta y las ventanas confería a la oficina una apariencia lúgrube, fría, con una estaticidad de muerte, pero optó por avanzar hasta el despacho del director sin encender las luces, puesto que la sensación de encontrarse dentro de una enorme máquina viviente mientras ésta dormitaba lo agradaba. Tenía la impresión de que en el momento en que pulsara un solo interruptor, la vida volvería a este espacio, y esa sensación de agobio que había sufrido tantas veces atrás se repetiría. La puerta del director estaba abierta, así que se dirigió hasta su mesa, garabateó en un folio una única frase, hizo su firma lo mejor que pudo, y colocó el papel sobre la pila de documentos que se encontraba justo enfrente al sillón de cuero negro que había adquirido el director hacía apenas dos meses. Estaba convencido de que cuando lo leyera montaría en cólera y lo haría llamar tantas veces fueran necesarias para localizarlo, así que junto a su nota, dejó su teléfono móvil, que sabía no iba a necesitar más. Al volver hacia la puerta de salida, escuchó el ruido de sus propias deportivas sobre el suelo encerado, y se esforzó por andar más sigilosamente, para no despertar a la fiera que reposaba a su alrededor. Cerró la puerta también con sumo cuidado, y al salir de nuevo a la calle, metió la llave en el buzón de su empresa. Su sustituto no tendría que hacer una copia para poder entrar.
En la esquina opuesta a la puerta del edificio había una cabina telefónica. Debía llamar a sus padres, a su novia, a Diego, a Carlos, a Roberto,... para comentarlos sus planes, pero era demasiada gente con la que contactar, demasiadas preguntas que debería responder, demasiados intentos para hacerle cambiar de opinión. Demasiado tiempo perdido inútilmente, pues no entenderían que la decisión ya estaba tomada. Sacó una moneda del bolsillo y llamó a sus padres, que en aquellos momentos irían camino del trabajo. Cuando saltó el contestador, oyó la voz de su madre excusándose por no estar, y le pareció la voz más dulce y encantadora que había oído jamás. Tras el pitido, dejó el mismo mensaje que había escrito a su jefe minutos antes, y los pidió el favor de hacérselo llegar a todos aquellos que pudieran estar interesados. Colgó y se dirigió al garage, que se encontraba a un par de calles de distancia.
El pequeño utilitario había pertenecido a su padre. Tenía más de veinte años y miles de kilómetros a sus espaldas. En la última revisión le advirtieron de que las ruedas estaban muy gastadas, y debía haber cambiado la batería hace un par de meses, cuando le dió el primer susto. El limpiaparabrisas derecho dejó de funcionar hace un par de semanas, mientras que el aire acondicionado lo había hecho a primeros del año anterior. Pero el coche respondía pese a todo, y estaba seguro de que podría hacer este último viaje con él. Al fin y al cabo, era sólo ida.
Arrancó, y durante los primeros kilómetros del trayecto, en los que la ciudad dejó paso a grandes llanuras yermas, hielo sobre tierra, recordó los buenos momentos que había pasado en aquel coche, los maravillosos viajes que había hecho en él, la gente con la que había compartido su cuestionable comodidad. Las anécdotas. Como cuando su primo, que estaba aprendiendo a conducir, forzó la palanca de cambios más de la cuenta y tuvieron que llamar a la grúa para que los fuera a buscar al aparcamiento del estadio, o como cuando, estando en el monte de noche intimando con una de las amigas de su compañero de piso, bajaron sin querer el freno de mano y fueron deslizándose cuesta abajo con los gritos de ambos como banda sonora, hasta que una gruesa encina detuvo su avance. Pensaba en todo esto, y mientras conducía dejando atrás pueblos y campos, comenzó a llorar por una mezcla de alegría y añoranza.
Descansaba cuando creía necesitarlo, y repostaba cuando su fiel vehículo así se lo requería. Mientras echaba el combustible, cerraba los ojos y olía el penetrante olor a gasolina que desprendía el surtidor, evocando los años en que era su padre quien ejercía de conductor y él sólo era un pasajero más en los asientos traseros. Siempre le había gustado este olor característico, y muchas veces insistía a su padre a parar en la siguiente gasolinera, aunque el depósito no estuviera cerca de acabarse, para poder disfrutarlo. En una ocasión, al entrar en el establecimiento para pagar, el aroma a pan recién hecho sustituyó al de la gasolina, y el cambio de registro le produjo una sensación agradable.
Cuando las tierras de cultivo dejaron paso a las montañas, aminoró la velocidad, para poder disfrutar con el paisaje. La nieve en los riscos, las pequeñas cascadas al lado de la carretera provocadas por el lento deshielo, los empinados bosques verdes sobre el gris de la piedra. Todo era precioso. Todo brillaba con una especie de luz propia, todo estaba lleno de color y vida, como si de una película oriental se tratara. Mientras subía y bajaba los puertos, cruzando la cordillera, sus ojos se movían de un lado a otro, prácticamente sin parpadear, tratando de captar cada rincón y vista, con el fin de almacenar esa información para siempre en su mente.
Las montañas acabaron, y volvió a aparecer la llanura ante él, y más tarde otra vez montañas. Condujo durante varios días, sin prisa, disfrutando cada segundo que permanecía al volante con los viejos recuerdos que le ofrecían aquellos lejanos paisajes, que había conocido cuando era niño. Cuando llegó al bosque prestó más atención a la carretera, y gracias a ello encontró el desvío, prácticamente oculta por hierba y matorrales debido al poco uso que se le había dado durante estos años. Avanzó siguiendo la vieja pista unos kilómetros, hasta que desapareció. Entonces continuó guiándose por sus recuerdos y por su instinto, sin saber a ciencia cierta si llevaba la dirección correcta.
Entonces vió que se abría un claro entre los árboles y supo que había llegado. Una casa de madera ennegrecida de un solo piso se encontraba en el centro del claro, con un pequeño estanque en la parte posterior. Lo recordaba mucho más grande, pues tenía imágenes de haber incluso pescado en sus aguas, y así era, ya que una pequeña línea a varios metros de su actual ubicación informaba de hasta donde había llegado en su mejor momento. Ya no estaban los columpios, ni el pequeño garage que usaban de taller para las chapuzas, ni la cabaña para invitados. Sólo estaba la casa, y el estanque. Descendió del vehículo y se aproximó a la puerta de madera que lo aguardaba. Parecía un lugar deshabitado, tiempo atrás abandonado por sus inquilinos, pero él sabía que no era así.
Cuando llegó, alzó el puño y golpeó delicadamente la sufrida madera tres veces. Tras unos segundos, unos pasos se acercaron a la puerta, y al abrir un rostro lo recorrió desde los pies hasta los ojos, muy lentamente. Era una mujer muy mayor, con el rostro cubierto de arrugas tan profundas que parecía que la cabeza se la hubiese encogido. Un mechón blanco de pelo lacio aparecía bajo un pañuelo negro que delimitaba su blanquecina cara, ocultando unas orejas que aparentaban ser tan grandes en proporción como su nariz. Unos labios sin color se apretaban en una boca que se presumía sin dientes, ya que la barbilla quedaba cercana a su gran nariz.
Sus dedos, sin carne y con las articulaciones hinchadas y prácticamente sin movimiento, tamborilearon el marco de la puerta, aguardando las palabras de su visita, la cual observó a la anciana unos segundos, y dijo:
- Hola.
- Llegas tarde.-comentó la anciana. Se hizo a un lado de la puerta.
- Lo sé.-respondió. Avanzó hasta el interior de la casa, y la mujer cerró la puerta tras de sí.
FIN. November 08 Decisiones Un día se despertó y se dió cuenta de que había tomado la decisión mientras dormía. Fue al baño con el torso descubierto y se lavó lentamente la cara, dejando que el frío agua pusiera su piel de gallina, que las gotas llegaran hasta la goma del pantalón de su pijama. Se vistió con la ropa del día anterior, acariciando cada prenda como si fuera nueva, calzándose sus degastandos deportivos al más puro estilo Cenicienta. Todo parecía diferente. La luz que entraba por la ventana era más dorada, más cálida que los días anteriores, y los distintos olores de cada habitación se entremezclaban para crear un aroma suave, nada desagradable, sino delicado y sensual, como un perfume bien elegido, como los evocadores recuerdos olfativos de tus mejores momentos de la infancia.
La descolorida cazadora vaquera lo abrazó como una manta en un día de invierno, y sintió el calor que la prenda le ofrecía sobre los riñones y los hombros. Cerró la puerta de su apartamento sin apenas ruido, y se aventuró a la dura calle, con las manos perfectamente reposadas en los ahora acogedores bolsillos de su cazadora.
A pesar del aire frío que azotaba su rostro, y del murmullo incesante de una ciudad que comienza a despertar, se mostraba feliz, pues un calor que nacía en su pecho avanzaba hasta morir en la sonrisa de sus labios, y avanzó sin perder detalle, observando la agitación de su alrededor como si fuera la última obra de Broadway. Se cruzó con el repartidor de repostería y su enorme barba blanca de Santa Claus, con la mujer ejecutiva que seguía teniendo problemas para andar con tacones tan altos, con el mendigo que se agachaba y besaba los adoquines de la calle principal cada mañana, agradeciendo haber sobrevivido una noche más a las inclemencias de dormir al raso. Vió al vendedor de cupones conversando con el kioskero, y al enorme funcionario de la limpieza que se había detenido a charlar con el hombre mayor que paseaba como cada día a su galgo entre un mar de personas y vehículos. Todos ellos con sus vidas, sus problemas, sus objetivos, sus sueños. Ojalá hubiese podido conocer a todos y cada uno de ellos, saber cómo son, qué piensan.
La cafetería lo recibió con una oleada de calor que hizo sufrir un escalofrío por toda la espalda. Vacía, como siempre, salvo por un hombre de negocios perfectamente peinado tomándose un café con leche con el periódico abierto sobre las piernas. No se acercó siquiera a la dueña para pedir, pues eran ya muchos años desayunando en el mismo sitio. Se sentó en la mesa más apartada de la barra, y en lo que doblaba pulcramente su cazadora vaquera, apareció la hermosa camarera con el café cortado, zumo de naranja y dos tostadas de aceite de oliva. Un buenos días, un qué tal, bonita sonrisa y ojos ligeramente hinchados de quien ha dormido poco por los excesos de la noche. Los sabores del desayuno eran más intensos que nunca, y se tomó unos minutos más para dar cuenta del banquete. El pan tostado se partía contra sus labios, muy suavemente, miga a miga, como si siguieran un orden, y el zumo de naranja, con sus trocitos de pulpa, dejó un regusto agradablemente ácido que se mantendría durante unos segundos, así que apoyó la lengua sobre el paladar y cerró los ojos, para concentrarse en aprovechar el placer que le ofrecía uno de sus sentidos. Una vez terminado el momento, se acercó a la barra, pagó a la dueña y la confesó sus planes. Ningún músculo del rostro de ella mostró ni siquiera un leve signo de movimiento, pero sus ojos se encontraron con los suyos y la duda apareció en ellos. Antes de que aquellos viejos ojos explicaran a las cuerdas vocales cómo formular la pregunta que gritaban, volvió a dar los buenos días y se enfrentó de nuevo al frío del exterior. Era un buen bar, acogedor y familiar, con buen trato. Descubrió que lo echaría de menos. October 26 Historia breve Eran tiempos difíciles. La guerra estaba durando demasiado, y la raza humana, en coalición con los elfos, había perdido numerosos territorios en los últimos meses contra los orcos y enanos, que cansados de ser la tercera fuerza en el Eje del Bien, habían optado por ser los segundos más malos de Cadelon.
Las fuerzas enemigas se estaban asentando al otro lado de la Gran Llanura, y las pequeñas poblaciones humanas que se encontraban en las cercanías habían quedado desiertas ante la desbandada general de sus gentes, que huían tierra adentro, hacia las cordilleras montañosas del norte. Realmente, huían en general, sólo que los que seleccionaban otras direcciones dejaban de correr muy pronto, debido al peso que ejercen cien flechas negras sobre el rosado cuerpo humano.
Tanto humanos como elfos estaban siendo sitiados al Norte, y sabían que de seguir así, sería tan sólo cuestión de tiempo que padecerían por el frío invierno (Gas Natural no tenía suministro tan cerca del Polo) y por las disputas internas respecto a la mejor forma de decorar el interior de las cavernas. Según los elfos, los toscos humanos no tenían "estilo".
Por eso decidieron realizar un último ataque, demoledor, que eliminara de una vez por todas la opresión que sufrían, y tratar de aniquilar en un sólo combate, a todos sus enemigos. Y a los enanos chaqueteros, también. Se realizaron levas obligatorias en todos los pueblos, y se alistaron todos aquellos capaces de sostener un arma, aunque fuese una mierda de honda. Así pues, hombres, mujeres y niños de edad avanzada, se armaron como mejor pudieron y salieron al campo de batalla, donde los elfos aguardaban. Como esta raza casi no envejecen, los viejos se iban en barco, y parece que nacen ya de metro ochenta, pues allí estaban, todos lo que eran. Habían dejado el pueblo a manos de unos chimpancés barrigudos.
El combate que se desarrolló en la Gran Llanura pasaría a los anales de la Historia, o, al menos, a los intestinales de la Historia, porque nunca se sabe. Hubo sangre, sudor y entrega, pero sobre todo mogollón de fiambres. Ambos bandos lucharon con todas sus energías, con el odio del que sabe que debe ganar, y poco a poco, la fuerza de ambos ejércitos se fue mermando, hasta que el último elfo cayó, y un puñado de orcos sudorosos avanzaba, hacha en mano, contra el hechicero humano de mayor nivel, último representante de su otrora numerosa raza. El mago, viéndose venir lo que iba a ocurrirle si no hacía algo rápido, sacó de una multitud de bolsitas que colgaban de su túnica una serie de hierbas y pedazos de animal que lanzó al aire mientras murmuraba unas palabras. La idea era lograr una bola de fuego que abrasara a sus cada vez más cercanos enemigos. La idea era lograr la victoria. Esa era la idea. El problema es que cuando vas al servicio, no se te ocurre dejar tus bolsitas mágicas a buen recaudo, y tu hijo pequeño es un niño, al fin y al cabo. Y le gusta jugar con lo que encuentra, sobre todo si son pequeñas patitas de ratón, o corteza seca de peral sabio.
El hechicero supo que algo iba mal cuando el cielo se encapotó en un abrir y cerrar de ojos. Los orcos sabían que algo iba mal en cuanto vieron que el último humano vestía una túnica de colores brillantes y no una armadura como debía ser.
En las montañas, un anciano de espesas cejas observaba el combate que abajo se desarrollaba con su nieto de seis años sentado en sus rodillas. De repente, una lluvia de fuego barrió toda la llanura, y tuvieron que taparse el rostro para evitar que la ceniza que subió inesperadamente desde la esplanada les quemara la cara. Cuando notaron que había pasado el calor, apartaron el brazo y volvieron a mirar hacia el campo de batalla. Un enorme agujero de kilómetros de diámetro reemplazaba ahora lo que hasta hace unos instantes era una llanura llena de cuerpos inertes.
Habían ganado. O, al menos, no habían perdido. Habían acabado con la vida de todos los orcos y enanos. Vale que también habían muerto todos los humanos y elfos, pero no se puede tener todo. El anciano meditó sobre su futuro más inmediato. No había comida, ni forma de conseguirla. No había armas para cazar, ni para protegerse de los animales salvajes. No había televisión ni cerveza.
El niño se giró hacia su abuelo. Intentó mirarlo a los ojos, pero con semejantes cejas sólo pudo intuirlos.
- ¿Y ahora que hacemos, abuelo?
- ...uhmm... veamos... ¿te apetece jugar una partida al parchís?
Vale, ya sé que había prometido escribir otra cosa, y que esto es una chorrada, pero es que se me ha ocurrido mientras venía hacia la oficina, y me ha hecho gracia. Bueno, por lo menos he escrito algo ¿no? |
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